19.6.13

Las compras de los otros

El changuito llega a la caja como un niño obeso que acaba de comer hasta el asco. Ella lo ubica sin cariño en la fila y mientras espera repasa el amontonamiento de formas y colores. Acomoda los cereales bañados en chocolate, esa enorme caja extranjera. Pone los helados junto a las verduras congeladas más pretenciosas, para separarlos del envío a domicilio. Al frente se amontonan los yogures de envase ínfimo que dicen proteger las defensas, los violetas para el tránsito lento, los de frutillitas con corazones y los de banana y chocolate: la versión yogur de la familia.
Hace avanzar el changuito al ritmo rastrero de la fila y se pone a contar con los dedos los jugos de naranja, manzana, banana, durazno. Todos en cajitas individuales. También individuales son las botellas de coca, agua tónica, citrus. Después lucha para pescar los quesos y jamones que se filtraron hacia abajo y quedaron encajados entre los vinos, el vodka de mandarina y el whisky. Un anticipo del espacio compartido que les espera, aunque repartidos en diferentes estómagos. O no. 
Finalmente llega su turno. Cuando el cajero le anuncia el monto total ella amaga para sí misma una sonrisa que tiene algo de espanto, y saca del bolsillo azul de su uniforme la plata que le dio la señora de la casa. Esa casa a la que entra y sale por una puerta que está casi escondida, de costado, como si se avergonzara de recibir a cierta gente.