3.5.13

Ese qué sé yo, ¿viste?

Microcentro. Caras de perro. Abanico de arrugas entre todas las cejas. Carteras y mochilas sobre el pecho. Puteadas por los choques de hombros entre los que van sumergidos en el celular. Por los semáforos que tardan. Porque sí.
Un hombre se acerca a otro desde atrás y le golpea la nuca. El golpeado gira con una bronca de mil días, mil trabajos, mil calles Florida a la una de la tarde, listo para descargar todo en esa piña. Pero el que le pegó sonríe y grita:
-¿¡Qué hacés, loco!?
Transformación a increíble velocidad de la otra cara, que pasa fugaz por el gesto de reconocimiento, después sonríe enorme y termina en un enojo fingido que acompaña con los brazos en posición de boxeo.
-¡Hijo de puta! ¡Hijo de puta! -abraza al que lo vino a sorprender, que en seguida contesta:
-¡Hijo de puta! –se separa para mirarlo y lo vuelve a abrazar.
Y se los traga la multitud de extranjeros que los miran asustados y de argentinos que sonríen y siguen mejor su día.