27.4.13

Muñecas

Cada vez que un auto estaciona en la callecita asfixiada por restaurantes, tres nenas se le acercan corriendo. El pelo revuelto, las caras arcillosas, la ropa incoherente les dan un aire de muñecas abandonadas. Cuando el dueño del auto se prepara para espantarlas con unas pocas monedas o unos cuantos gritos, ellas lo esquivan y abrazan al auto con todo el cuerpo, pegando la panza y hasta la cabeza en el capot. Chillan, alegres, y después se callan y parece que se fueran quedando dormidas, hasta que estaciona alguien más y salen corriendo hacia ahí para repetir el ritual, el juego o lo que sea que estén haciendo. 
Los que bajan de los autos amagan movimientos sin saber bien qué pasa o cómo deberían reaccionar. Se cierran los tapados y camperas, ajustan sus bufandas para obligarse a caminar, y quizás es entonces, cuando encogen los hombros de placer entre las telas suaves y abrigadas, que imaginan el calor que deben desprender sus motores recién apagados.

11.4.13

Levante

El pasto demora un poco el avance de la silla de ruedas. Finalmente llegan a un punto que los convence a los tres: al chico que va en la silla, al que lo lleva y parece su padre, al que los acompaña y es tan parecido al otro chico que debe ser su hermano. Con la precisión de un movimiento hecho mil veces, los dos de pie trasladan hasta el pasto al chico que no podría desobedecer en otros parques donde está prohibido pisar el césped.
Él acomoda sus piernas de trapo y después se echa hacia atrás, la espalda sintiendo la tierra, la cara hacia el sol. Su hermano se desparrama al lado. El padre les dice algo y se aleja con la silla vacía. Los hermanos sonríen. El sol, el pasto, estar en la misma posición son buenos motivos para sonreír.
Llega a la plaza un grupo de chicas. Después de algunas miradas y de confabular sin disimulo, una se acerca a ofrecerles un mate. Al rato se animan las otras tres. Todos hablan al mismo tiempo, se ríen, se estudian, se entusiasman, ahora que todavía no viene a lo lejos un señor con una silla de ruedas. La silla para sentar a uno de sus hijos. El hijo que separa los brazos como sin fuese a volar para dejar que su padre lo levante por las axilas. Que sonríe con la cabeza baja para no ver la fingida naturalidad en la cara de las chicas. Para escapar de las voces que inevitablemente se agudizan al despedirse.

3.4.13

Un vecino

    Julio sale, como todas las tardes a las dos y media, a dar su vuelta. Supone que la caminata le hace bien. Supone que algo terrible podría pasarle si un día no saliera.
Está vestido con su ropa atemporal. Ni linda ni fea. Ni sucia ni limpia. Ni nueva ni vieja. Al salir del ascensor se cruza con una vecina que vuelve de la calle con algunas bolsas. La saluda con vehemencia; intenta arrancar algo más que una respuesta de molde. Pero recibe una reacción maquinal. No se sorprende, ni se enoja, ni se desilusiona. Ya no.
Sale del edificio, ahora, y lo esperan sus dos vueltas a la manzana. Todo un desafío. 

No tiene ni tuvo hijos o esposa. Su familia, cada vez menos numerosa, terminó por extinguirse. Sus amigos eran los compañeros de trabajo que desde que se jubiló no volvió a ver.
Lucha por no ser un fantasma. Pisa fuerte cuando camina. Mira a la gente a los ojos. Para saludar, comprar o preguntar alguna cosa, busca palabras extrañas que molesten al oído acostumbrado a tres o cuatro variantes clásicas. Pero hay algo en su forma de estar como un poco fuera del mundo, algo en su esencia de observador, que le impide conseguir ese registro que busca. Que hace que lo miren como si traspasaran la lámina curva de su pecho y le devuelvan palabras gastadas a cambio de sus intentos más originales.

Como hoy no le toca comprar nada ni hacer ningún trámite, Julio se conforma con mirar a los que caminan sus mismas veredas. Casi al terminar su recorrido, ve llegar de frente a una mujer joven, acaso linda, pero no llamativamente. Se le ocurre que debe tener un perfume exquisito. Lo intriga cómo un aroma es transformado por cada piel de una forma única. Por eso se acerca, y es premiado ya unas baldosas antes de cruzarla con ese perfume que jamás se repetirá en otra mujer. Alentado por todos sus sentidos, quiere existir con más ansiedad que en toda la semana. Carraspea fuerte y claro, mirándola tan fijo como se atreve, a un paso ya de no verla nunca más. Pero ella pasa sin desviar sus pupilas de alfiler de un horizonte invisible. Sin traicionar ni por un segundo la tensión de su mandíbula y sus hombros. Julio sigue camino, entrecerrando los ojos para prolongar ese aroma que ya se le esfuma de los sentidos y la memoria.
    Llega por fin a su edificio. Otro recorrido cumplido por sus dos manzanas diarias. Y nadie lo nota entrar por la puerta de la que nadie lo notó salir.