26.2.13

Un largo viaje de diez minutos

Suben al colectivo a los gritos. Se empujan. Se pelean por los asientos. Se pegan fuerte. Son cinco chicos de unos quince años, o algo así se adivina entre la ropa gigante y las gorras que les sombrean la cara. El conductor amaga a frenar y pide que paguen sus boletos y que se calmen, pero no consigue ninguna de las dos cosas y decide no insistir. La tensión encrespa el pasillo y los demás pasajeros miran hacia afuera, tratando de existir lo menos posible en ese momento. Se termina la botella que va de mano y mano y la tiran por la ventana a la calle. Estalla el vidrio. Estallan las risas de los cinco.
Por fin llega el momento de bajarse para uno de ellos. Acomoda la mochila sobre su espalda y saluda con una especie de beso y una palmada en el hombro parecida a un abrazo a cada uno de sus compañeros.
El contacto les deja un pudor que no saben disimular. Siguen viaje en silencio, cada uno mirando por una ventana diferente.

25.2.13

Acústico.

El teatro, sus luces incrustadas en molduras barrocas, sus butacas impecables, se van transformando con la entrada de cada grupo de remeras negras, cadenas, banderas y tatuajes. Como dos que no se conocen pero llegan con ganas de caerse bien, un clima de fiesta tranquila desborda la sala. El teatro hace lugar para los gritos, los saltos al principio, las pizzas y las papas fritas infiltradas. De a poco los grupos van aceptando los asientos mullidos, el aire acondicionado, las emociones distintas, y los ánimos se parecen a las versiones acústicas de los temas que eran sinónimo de pogo hasta esa noche.
Uno de todos, cincuenta años, pelado, en cuero, no puede.
Se para. Salta. Grita. Revolea la remera. Los de alrededor, eufóricos pero sentados, no se quejan. Tampoco lo imitan. Raro, como lo demás. Después de un rato, todavía de pie, baila cada vez más lento; canta cada vez más bajo.
Durante el último tema ya no se mueve, no grita. Una mano sostiene la remera, como una bandera vieja. La otra se cierra en un puño sobre el pecho y ahí queda, hasta que al prenderse las luces todos se levantan para la ovación final, y él se pierde de vista.