3.4.13

Un vecino

    Julio sale, como todas las tardes a las dos y media, a dar su vuelta. Supone que la caminata le hace bien. Supone que algo terrible podría pasarle si un día no saliera.
Está vestido con su ropa atemporal. Ni linda ni fea. Ni sucia ni limpia. Ni nueva ni vieja. Al salir del ascensor se cruza con una vecina que vuelve de la calle con algunas bolsas. La saluda con vehemencia; intenta arrancar algo más que una respuesta de molde. Pero recibe una reacción maquinal. No se sorprende, ni se enoja, ni se desilusiona. Ya no.
Sale del edificio, ahora, y lo esperan sus dos vueltas a la manzana. Todo un desafío. 

No tiene ni tuvo hijos o esposa. Su familia, cada vez menos numerosa, terminó por extinguirse. Sus amigos eran los compañeros de trabajo que desde que se jubiló no volvió a ver.
Lucha por no ser un fantasma. Pisa fuerte cuando camina. Mira a la gente a los ojos. Para saludar, comprar o preguntar alguna cosa, busca palabras extrañas que molesten al oído acostumbrado a tres o cuatro variantes clásicas. Pero hay algo en su forma de estar como un poco fuera del mundo, algo en su esencia de observador, que le impide conseguir ese registro que busca. Que hace que lo miren como si traspasaran la lámina curva de su pecho y le devuelvan palabras gastadas a cambio de sus intentos más originales.

Como hoy no le toca comprar nada ni hacer ningún trámite, Julio se conforma con mirar a los que caminan sus mismas veredas. Casi al terminar su recorrido, ve llegar de frente a una mujer joven, acaso linda, pero no llamativamente. Se le ocurre que debe tener un perfume exquisito. Lo intriga cómo un aroma es transformado por cada piel de una forma única. Por eso se acerca, y es premiado ya unas baldosas antes de cruzarla con ese perfume que jamás se repetirá en otra mujer. Alentado por todos sus sentidos, quiere existir con más ansiedad que en toda la semana. Carraspea fuerte y claro, mirándola tan fijo como se atreve, a un paso ya de no verla nunca más. Pero ella pasa sin desviar sus pupilas de alfiler de un horizonte invisible. Sin traicionar ni por un segundo la tensión de su mandíbula y sus hombros. Julio sigue camino, entrecerrando los ojos para prolongar ese aroma que ya se le esfuma de los sentidos y la memoria.
    Llega por fin a su edificio. Otro recorrido cumplido por sus dos manzanas diarias. Y nadie lo nota entrar por la puerta de la que nadie lo notó salir. 

2 comentarios:

Guillermo Altayrac dijo...

Me encantó.
Y esto es genial: «Lucha por no ser un fantasma. Pisa fuerte cuando camina. Mira a la gente a los ojos. Para saludar, comprar o preguntar alguna cosa, busca palabras extrañas que molesten al oído acostumbrado a tres o cuatro variantes clásicas. Pero hay algo en su forma de estar como un poco fuera del mundo, algo en su esencia de observador, que le impide conseguir ese registro que busca.»

Y me recuerda a un conocido mío, ya fallecido, guionista de historietas que supo ser célebre dentro de los círculos del arte secuencial. Ya era viejo cuando yo lo conocí. Daba clases de guión en la escuela de historieta a la que yo asistía allá por el año 2000. Un día nos contó a mis compañeros y a mí que a veces, cuando veía una chica linda en el colectivo, buscaba sentarse al lado de ella para sentirle el perfume por unos momentos. Y hablaba de lo triste que se sentía de ser ya viejo y de que esas mujeres ni lo registraran.

Como siempre, es un placer leerte.

Lola dijo...

Muchas gracias! Por pasar y por todo lo que decís. Sí, estas personas son amablemente tristes. Y siempre es (o a mí me parece) interesante mirar a alguien convencido de que ya nadie más lo mira.
El que vos contás confirma eso que uno imagina que les pasa por la cabeza. Gracias :)