11.4.13

Levante

El pasto demora un poco el avance de la silla de ruedas. Finalmente llegan a un punto que los convence a los tres: al chico que va en la silla, al que lo lleva y parece su padre, al que los acompaña y es tan parecido al otro chico que debe ser su hermano. Con la precisión de un movimiento hecho mil veces, los dos de pie trasladan hasta el pasto al chico que no podría desobedecer en otros parques donde está prohibido pisar el césped.
Él acomoda sus piernas de trapo y después se echa hacia atrás, la espalda sintiendo la tierra, la cara hacia el sol. Su hermano se desparrama al lado. El padre les dice algo y se aleja con la silla vacía. Los hermanos sonríen. El sol, el pasto, estar en la misma posición son buenos motivos para sonreír.
Llega a la plaza un grupo de chicas. Después de algunas miradas y de confabular sin disimulo, una se acerca a ofrecerles un mate. Al rato se animan las otras tres. Todos hablan al mismo tiempo, se ríen, se estudian, se entusiasman, ahora que todavía no viene a lo lejos un señor con una silla de ruedas. La silla para sentar a uno de sus hijos. El hijo que separa los brazos como sin fuese a volar para dejar que su padre lo levante por las axilas. Que sonríe con la cabeza baja para no ver la fingida naturalidad en la cara de las chicas. Para escapar de las voces que inevitablemente se agudizan al despedirse.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

*lo que usted ha escrito es desgarrador. acepte mis respetos.
jh

Lola dijo...

acepte mi alegría por su comentario. muchas gracias por acercarse hasta acá!

Guillermo Altayrac dijo...

Es triste, pero es muy bello.
Sigue sorprendiéndome la habilidad que tenés para transmitir, con unas pocas palabras, imágenes tan fuertes y hermosas. Desde lo hermoso de los dos hermanos al sol hasta lo triste del desenlace.
Me encanta.

Lola dijo...

Me alegra que te haya gustado y sobre todo que te haya provocado esa ambivalencia que buscaba escarbar. Gracias! Y besos.