20.3.13

Piloto automático


Insúa llega a su casa después de un día de mierda. Uno entre otros trescientos sesenta y cuatro días de mierda, en la peluquería donde trabaja barriendo pelos y sirviendo café a señoras venidas a menos.
Entra a su casa y, tal como ordena el cartelito, cierra con llave las 24 horas, por favor. En los pasos que da hasta el ascensor, lo va envolviendo el monólogo de una vecina que arrincona a una chica con bolsas de supermercado. Hay tantos vecinos en ese palomar donde alquila que Insúa nunca sabe si ya conoce o no a la gente que se cruza.
-Porque una no tiene casi ochenta años para que vengan a subirle las expensas así como así. Que se dejen de embromar. Vos tenés que quejarte, nena, escuchame. Aunque alquilés: hablá con el propietario y decile que no puede ser.
El tono es agrio por la queja, pero a la vez cómplice con la chica, que la mira y asiente tímidamente. Mientras habla, la anciana registra con el filo de su ojo acuoso a Insúa y, como si él fuese parte de la conversación desde el principio, sigue con su hilo. 
-¿Usté también alquila?    
Insúa asiente sin mirarla ni frenar su paso. Busca el picaporte del ascensor, que ella está obturando, como si no la viera, o como si no le importara estamparle la puerta en la cara. La mujer se desconcierta por un momento, después se corre. 
-Entonces usté también... Quejesé.
Insúa entra último, y ya está por poner su cara de sí, señora, qué barbaridad, quédese tranquila. Pero su cansancio tiene hoy otra forma; no logra o no quiere usar el piloto automático. Aprieta el quinto botón y simplemente se para de espaldas a las dos mujeres, con la cara a dos centímetros de la puerta.
-Hable con el propietario... -con voz cada vez menos potente, insiste- Digalé que... que no puede ser...
Sigue así los cinco pisos de viaje, por los que se mezclan olores apretados de sopa, calabaza, guiso, coliflor. Llegan por fin al quinto. Sin contestar, sin asentir, sin girar, Insúa abre la puerta. Y dice hasta luego. No por cortesía, sino para confirmarle a su vecina que no es mudo ni boludo, que la ignoró con toda intención.
El ascensor se pierde hacia arriba como un globo suelto, llevándose las palabras que la señora susurra a la chica:
-La pucha, querida, ya no hay respeto por nada...
 Insúa cierra la puerta de su casa. 
Se queda parado ahí, en la entrada. 
Y se pone a llorar.

5 comentarios:

Malena dijo...

Uf.
Lo entiendo a Insúa. Te juro. No sabés cómo lo entiendo!

Lola dijo...

Hola, Malena! Y si te gusta el alma del tango, cómo no vas a entenderlo ;) Gracias por pasar!

Guillermo Altayrac dijo...

Pobre Insúa. Y viene de escuchar el cotorreo de viejas de peluquería.
Muy bueno.

Guillermo Altayrac dijo...

¡Gracias por tus felicitaciones de cumpleaños! ¡Qué cosas lindas me decís!
Me alegro de que te guste lo que hago.
¡Y me alegro de que sigas escribiendo!
Seguiremos con Dios, Graciela y Ulises, sí, que son algo así como la Santísima Trinidad: Madre, Hijo y Espíritu Santo.
Besos y muchas gracias por pasar.

Lola dijo...

Gracias, Guillermo!
Sí, la molestia del cotorreo de peluquería pelea cabeza a cabeza (justamente) con el taladro de los secadores de pelo. Debe ser un trabajo mentalmente insalubre.