25.2.13

Acústico.

El teatro, sus luces incrustadas en molduras barrocas, sus butacas impecables, se van transformando con la entrada de cada grupo de remeras negras, cadenas, banderas y tatuajes. Como dos que no se conocen pero llegan con ganas de caerse bien, un clima de fiesta tranquila desborda la sala. El teatro hace lugar para los gritos, los saltos al principio, las pizzas y las papas fritas infiltradas. De a poco los grupos van aceptando los asientos mullidos, el aire acondicionado, las emociones distintas, y los ánimos se parecen a las versiones acústicas de los temas que eran sinónimo de pogo hasta esa noche.
Uno de todos, cincuenta años, pelado, en cuero, no puede.
Se para. Salta. Grita. Revolea la remera. Los de alrededor, eufóricos pero sentados, no se quejan. Tampoco lo imitan. Raro, como lo demás. Después de un rato, todavía de pie, baila cada vez más lento; canta cada vez más bajo.
Durante el último tema ya no se mueve, no grita. Una mano sostiene la remera, como una bandera vieja. La otra se cierra en un puño sobre el pecho y ahí queda, hasta que al prenderse las luces todos se levantan para la ovación final, y él se pierde de vista.

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