18.1.13

Publicaron este cuento que escribí en www.casquivana.com.ar (página
20)

NARRATIVA
Veinte minutos
Texto: Dolores Fernández / Imagen: Martín León Barreto
 
Mauro está leyendo, y es como si estuviera solo. El tren, el movimiento, la gente, el ruido se vuelven de a poco latentes como el peso del reloj en la muñeca, el contacto con la ropa, la mínima presión de los zapatos.
Pero algo lo saca de su lectura como si le levantaran la vista a la fuerza. Es la bocina del tren: un grito largo, afónico, a contrapelo. Una vez le contaron que cuando un maquinista se ve a punto de pisar a alguien no deja de tocar la bocina aunque el atropello sea inevitable, para no escuchar el ruido de los huesos rompiéndose entre las vías y las ruedas. Como galletas o cereales crocantes. Lo que no puede disimularse, piensa Mauro entonces, es la sensación, real o imaginada, de que el tren pasa por encima de algo. El instinto lo hace encogerse, tal vez por impresión o tal vez buscando pesar menos sobre esa persona que ya empieza a gritar y que los que viajan con él escuchan desde arriba, como parados prematuramente sobre su tumba.
    Los pasajeros atraviesan las puertas conectoras de los vagones para agolparse en el primero, donde él viaja, porque por las ventanas de la derecha se llega a ver a la víctima. Con los recortes de frases se va armando la imagen que no ve. Una mujer mayor. Está viva. Está conciente. Sigue atrapada bajo el tren. Grita (eso también se escucha, pero alguien lo menciona, de todas formas). Está lastimada; no parece que vaya a morir.
    Con la extraña intimidad que une a los testigos de hechos semejantes, todos comentan impresiones, se preguntan si fue un intento de suicidio o un accidente. Él sigue sentado. Siente que sus huesos están sueltos. Lentamente junta fuerzas para cerrar el libro. Por la forma en que un hombre lo mira supone que el pánico asoma a su cara, pero en seguida se da cuenta de que no se está fijando en el blanco de su piel sino en el del delantal de hospital que dobló sobre su regazo al sentarse.
    Pronto estalla el clásico "¡Un médico, por favor!", y a pesar de que Mauro apenas empieza a hacer su residencia, el delantal denuncia que algo tiene que poder hacer, al menos hasta que llegue la ambulancia. El hombre lo sigue mirando mientras él acomoda el último pedacito de
tela blanca dentro de la mochila. No le dice nada. No hace gestos. Lo observa como una voz de la conciencia.
    Los gritos de la mujer van calmándose de a poco cuando los médicos llegan y la atienden. La palabra rata se le aparece a Mauro como si alguien la deletreara sobre su oreja; le hace apretar la boca y trata de olvidarla. Pero se instala en sus oídos y en sus ojos.
    Encorvado, busca esconder la mirada entre zapatos y bollitos de papel tirados en el piso. Sin levantar el codo de la mochila se rasca el nacimiento de una ceja con el índice, se acomoda el pelo. Quisiera ser botánico. Bibliotecario. Ferretero.
    Algunos, mientras asoman medio cuerpo por la ventana para no perderse los detalles, se indignan por los transeúntes que paran y hasta sacan fotos con sus celulares. Otros piden que destraben las puertas. Cuando un operario del tren dice que aunque la atropellada está fuera de peligro nadie puede abandonar el tren, empieza a sentirse ese calor que anestesia el aire cuando se sabe que no es posible salir.
    Una mujer con calzas celestes y remera larga azul, de rulos electrizados en un rojo desparejo, pregunta por qué los infelices que se quieren suicidar le tienen que andar complicando la vida también a los demás. La gente a su alrededor se revuelve un poco, tratando de distraer la agitación que esas palabras despiertan en su nerviosa compostura. Alguno de ellos no lo logra: un hombre de traje, impecable pelo gris hacia el costado, alguien que uno se imaginaría en un auto más que en el tren. Grita que abran las putas puertas, que esto sólo pasa en este país de mierda donde nadie se queja y nos toman por pelotudos que pueden perder tiempo. Mira alrededor con aire de político, buscando reacciones o improvisando un silencio dramático. Una vagabunda de las que piden limosna en el tren, con ropa gris de tan vieja y sucia y la piel como un cuero que apenas le tapa los huesos, se acerca rengueando. Los ojos demasiado abiertos y los labios filosos y resecos.
–Ojalá se hubiese tirado tu madre, la concha de tu madre –se calla un momento, como calculando si lo que acaba de decir es contradictorio, pero en seguida sigue:
–No sé cómo no se tiró todavía, con un hijo como vos. Qué te cuestan dos minutos; hay una mujer atropellada. Pero claro, otra vieja que se muere, total. Hijo de puta, ojalá fuese tu madre la que está ahí tirada y rota.
    La gente se ríe y Mauro se pregunta de qué. No es risa nerviosa. De verdad les causa gracia. Y desprecio. Él se siente del lado de la mujer gris, no por piedad, sino porque cree que tiene razón. Pero mientras presiona con las uñas sus palmas húmedas se resigna a reconocer que no tendría el aplomo para defenderla. Además, toda esperanza de que alguien pueda recapacitar se pierde cuando ella saca de pronto unas llaves de su bolsillo y dice:
–¿Tanto te cuesta esperar? Vení, yo te abro la puerta. Bajá; bajá y andate a la mierda –y prueba ese manojo en la puerta metálica, automática, sin nada parecido a una cerradura. Y realmente sorprendida murmura que ésas justo no son.
–Podés creer –le dice como si no acabara de taparlo de insultos y odio– que justo hoy no tengo la de acá–. Y desviando la vista hacia una ventana se queda ausente, mirando cómo la mujer atropellada es cuidadosamente acomodada en una camilla. Todas las miradas, reunidas hasta entonces en su espalda encorvada, se desplazan como si fuesen una sola al otro extremo del vagón, donde un chico golpea las trabas de una ventana para intentar abrirla.
–¡Aire! –grita, mientras sigue el forcejeo y mira de reojo a la embarazada que está sofocada en el asiento junto a él–. ¡La señora necesita aire!
Mauro siente que una de todas las cabezas abandona la dirección obligada para volverse y mirarlo. Primero a él y después a la mochila donde el delantal se retuerce.
    No puede.
    Ninguna parte de su cuerpo reacciona.
    Ni siquiera ayudar a una embarazada desvanecida, sin sangre ni cortes.
    Una rata; es una verdadera rata. Un miserable.
    El operario vuelve a salir de la cabina y ayuda al chico con la herramienta necesaria para levantar, sólo un poco, el vidrio. Como un rumor y después a los gritos, la gente exige que destrabe toda la ventana para poder salir por ahí si es que las puertas van a seguir bloqueadas. El hombre pide calma, repite que es muy riesgoso caer en medio de las vías y que de todas maneras la ambulancia ya está cargando la camilla y se va a reanudar el recorrido.
    Desde el palco en que se convirtió el primer vagón, un público exigente disfruta del espectáculo. Por un momento flota la sensación de que van a aplaudir cuando las vías sean finalmente liberadas. Después de empujar a su paso al hombre de traje, la vagabunda es la primera en irse al vagón siguiente y Mauro la ve atravesar las puertas conectoras hasta perderse de vista.
    Afuera, las sirenas de la ambulancia que se aleja y los curiosos que se dispersan desarman el núcleo del accidente. Un nuevo maquinista reemplaza al que estaba a cargo.
    Durante los veinte minutos que lleva el episodio se escuchan conversaciones por teléfonos celulares relatando lo ocurrido o avisando llegadas tarde a parejas, jefes, amantes, hijos, madres, amigos que esperan a los pasajeros. Ahora que lentamente se retoma la marcha, de nuevo hablan todos a la vez, cada uno por su cuenta, anunciando la vuelta a la normalidad del tren y calculando horarios.
    Mauro piensa vagamente en su teléfono.
    Pero no se le ocurre a quién llamar.

4 comentarios:

Guillermo Altayrac dijo...

Muy bueno, señorita.
Un texto más largo de lo que nos tiene acostumbrados, y que deja un delicioso sabor amarguito en la boca.

Lola dijo...

Gracias, señorito. Gracias por leer más tiempo de lo habitual y por su apreciación :) Estoy vaga con el blog. Voy al tuyo un rato a ver si me impulsa... Besos

Guillermo Altayrac dijo...

Jajaja. ¿Y? ¿Te impulsó?
Ponete las pilas con el blog o le digo al pequeño nómade que la que encerró a su hijo en el Open Door fuiste vos.
¿Te impulsa eso?

Guillermo Altayrac dijo...

Respecto a tu comentario, ¡gracias! Muy lindo lo que me decís. Y más viniendo de alguien que escribe tan lindo como vos.

¿Miedo? Naaah... El pequeño nómade es inofensivo.