14.12.12

La salida

El hombre, la mujer y el bebé suben al colectivo envueltos en una mezcla de olores dulzones: los perfumes de cada uno van tan pegados como ellos tres. Mientras el padre saca los boletos, la mamá se acomoda con el bebé en el asiento que alguien le cede. Después de una cuadra deciden cambiar porque a ella se le está arrugando el vestido. Entrega su asiento y su hijo al hombre, y repasa los pliegues de su regazo con las palmas, rozando la tela apenas. Toca sus aros para asegurarse de que siguen en sus orejas y se inclina hacia la ventana para tratar de ver si se corrió su maquillaje. El hombre le sonríe con orgullo. Afeitado al ras, lleva una camisa planchada con dedicación y el pelo recién cortado, húmedo.
Suena el teléfono de él. “Es Raquel”, dice al ver el número. Atiende, habla apenas un minuto: “Ah, bueno, qué lástima... Y sí, ya estábamos llegando... Pero no te hagás problema por la comida, sólo queremos pasar a conocer a la bebé, nomás... Bueno, no te preocupes... Bueno, sí, otro día, claro."
Mientras habla sostiene un diálogo gestual paralelo con su mujer. Primero ella lo encara con fastidio por lo que escucha y él se encoge de hombros, ella asiente cuando él trata de insistir; él abre los ojos expectante. Cuando niega con la cabeza al escuchar la respuesta y corta la llamada, comparten en silencio la desilusión.
A las pocas cuadras ella dice que deberían bajar enseguida y volver. Acarician al bebé dormido, se miran la ropa, sonríen. Y deciden pasear un rato más.

10.12.12

Aguante la ficción

En el balcón de un primer piso, dos hombres instalan un aire acondicionado. El ruido de la calle tapa sus voces. Uno habla concentrado, sin dejar de trabajar con diferentes herramientas. El otro lo mira de reojo y sonríe casi pidiendo permiso, pero al ver que el discurso de su compañero sigue, imperturbable, vuelve a ponerse serio. Cuando los colectivos hacen una pausa llega a escucharse:
“...y Marimar, que es pobre, no sabe que es hija de Gustavo Aldama, un tipo de mucha plata. Se casa con el Sergio, que también tiene plata, y la familia de él la humilla todo el tiempo. Sobre todo Angélica, la madrastra del Sergio. Esa es re maldita, es la que peor me cae. Le hace una cama a Marimar para que termine en la cárcel y le manda a quemar el rancho, con sus abuelos adentro. Sarpada la vieja. Así que cuando la liberan, Marimar se va del pueblo a la ciudad y termina como sirvienta de su propio padre. Pero, ojo, sin saberlo, viste. En las novelas es así...”
Desde la vereda les llega la carcajada burlona de dos chicas que escucharon el relato al pasar. El fanático de Marimar espanta el sonido con la mano, como a una mosca, y mientras ajusta una tuerca dice que a él no le pregunten de fútbol, de política ni del “informativo”, pero que si es sobre novelas, con mucho gusto. El otro asiente, serio y solidario, y siguen trabajando en silencio.

9.12.12

La venganza del rock


Ni el escenario, ni el vestuario, ni la voz son, esta noche, lo que fueron años atrás. Sin embargo, hay cierta benevolencia entre quienes vinieron a verlo, quizás porque lo siguen hace tanto tiempo, o porque es una forma de perdonar la decadencia propia. 
El bar es lindo y chico; él canta muy cerca la gente. Por eso es fácil notar, hacia el final del segundo tema, que abre la boca cada vez menos, estampando las palabras contra el micrófono. Al terminar, durante los aplausos desparejos, se queda de espaldas al público y se lleva las manos hacia la nariz o los labios. No es difícil equivocarse y suponer que está inhalando algo y que fue eso lo que le endureció la boca hace algunos minutos. Arranca el tercer tema con ganas, con más soltura, pero enseguida vuelve a verse incómodo. En una pausa duda un momento y después, cansado de pegarse al micrófono y de minimizar las palabras hasta convertirlas en susurros inmóviles, se resigna a sacarse el inestable diente postizo ante la mirada de todos. Lo guarda en el bolsillo del chupín azul eléctrico y empieza a cantar con su mejor voz.