20.9.12

Final del día

Desde el asiento de uno de los autos que avanzan como rémoras junto al colectivo es posible examinar las caras de los pasajeros. Si, por ejemplo, se elige al hombre del tercer asiento, hay tiempo para detenerse en su campera inflable algo desinflada, en el pelo ya un poco pegado al cráneo a esta hora de la tarde, en la expresión por fin ausente después de todos los gestos del día.
Cuando el colectivo entra en el viaducto Carranza, el hombre cierra de pronto los ojos con fuerza, justo un segundo antes de que la hilera de focos cegadores le cruce la cara como una ráfaga de flashes fotográficos. Al final del pasaje lo espera otro tramo de focos, pero deja los ojos abiertos tranquilamente. Y su cara se mantiene en la sombra: las luces de ese extremo apuntan a la otra mano del viaducto. Un sutil mecanismo de la rutina que sin embargo, por un momento, lo diferencia del resto.