27.6.12

Pasatiempo

La señora llega equipada a la sala de espera del laboratorio. Después de mirar el número que retira y comprobar que faltan treinta extracciones de sangre antes de la suya, se acomoda en una silla y saca una revista de sopas de letras. Se tira de cabeza a marcar las primeras palabras que descubre, con trazo firme y un amague de sonrisa presumida.
Algunos minutos después, aumenta el tiempo entre una palabra encontrada y otra. Pasa cada vez más rápido a la siguiente sopa de letras y la secuencia se repite. Su gesto se va indignando. Con las hojas, con su vista, con sus neuronas, con esas malditas pruebas de ingenio que según los médicos prometen mantenerla activa y lejos del Alzheimer.
Mira por sobre la montura de sus lentes hacia los costados, de reojo. Espía la página de resultados y va completando los que le faltan, con la boca fruncida en una u muda que reúne concentración y secreto.
No es difícil imaginarla dejando la revista cuidadosamente olvidada donde puedan verla todos los que necesiten saber que el pasatiempo no pudo vencerla: su marido, sus hijos, algún nieto, ella.

8.6.12

Una tarde en Plaza Italia

Alrededor de Plaza Italia la tarde avanza o se demora como siempre, con los autos que se enredan hasta estancarse, las manadas de gente que surgen de La Rural o el zoológico, invasiones de burbujas que fabrica un vendedor vestido de Sapo Pepe, y sobre todo el ruido, el humo, el movimiento.
Entre los autos se abre paso un hombre que patina sobre rollers. Anteojos de sol, musculosa negra, pelo planchado largo hasta los hombros, y castañuelas. Castañuelas. Las hace sonar mientras sus brazos compensan los cambios de peso de las piernas y cada tanto sobrevuelan su cabeza para intentar pasos de flamenco. Por momentos canta, y se escucha la voz alegre ajena al caos, avanzando ligera entre la inercia, acompañando a las castañuelas que cortan el aire gris.