25.5.12

Mecanismos ocultos

Hay poca gente en el subte. Los asientos enfrentados, de espaldas a las ventanas, convierten al pasillo en un escenario. Por él avanza la chica ciega.
Alguien más puede ayudarme. 
Alguien más puede ayudarme.
Las primeras veces con tono de pregunta. Después como una orden. Finalmente, con una certeza que le da bronca.
Cuando ponen plata en su bolsa, se endereza y Graciasdioslebendiga. Siempre exactamente igual, como si las monedas activaran una maquinita un poco triste y gastada, en un parque de diversiones al que ya no va casi nadie.

El cliché del ocio

Está sentada frente a una gran taza, tiene en la mesa su notebook y una revista. En las manos, un libro. Aunque intenta concentrarse en su lectura, levanta la vista para mirar hacia la ventana cada vez que alguien pasa. Su ropa es cómoda, pero cuidadosamente elegida.
Mi primer día libre, le cuenta rápido a alguien que la llama a su celular, como para no perder mucho de este valioso nuevo tiempo. Sentada alrededor de todo lo que supone que debe tener, en el lugar que cree que debe disfrutar, espera que se condense una alegría que parece que todavía no llega, un telón que no se abre, una sensación real que se asemeje un poco a todo lo imaginado.
En alguna plaza, un hombre recién jubilado se levanta del banco, amenaza de muerte a las palomas que se le acercan; las espanta con la boina nueva apretada en el puño.