6.2.12

Mundana

Llega a la milonga cuando todavía no es, cuando es apenas club, mesas desordenadas, bombitas de colores por colgar, silencio por romper. Arrastra una silla al rincón más cercano de lo que va a ser la pista de baile y con cuidado reemplaza sus zapatos chatos por unos con taco. Al hacerlo deja ver sus piernas de bailarina, impensables en cualquier otra mujer de sesenta años. Finalmente el lugar se transforma y la gente empieza a llegar. Muchos la saludan. Ella no habla español pero se hace entender. De todos modos, lo que quiere es bailar. Y cada vez que la invitan es siempre ligereza perfecta en cada abrazo, demorada por una sensualidad densa.
A la madrugada vuelve a los zapatos chatos y a su tapado largo hasta los tobillos. Saluda con una sonrisa cansada y feliz, y camina despacio hasta la puerta.