26.2.13

Un largo viaje de diez minutos

Suben al colectivo a los gritos. Se empujan. Se pelean por los asientos. Se pegan fuerte. Son cinco chicos de unos quince años, o algo así se adivina entre la ropa gigante y las gorras que les sombrean la cara. El conductor amaga a frenar y pide que paguen sus boletos y que se calmen, pero no consigue ninguna de las dos cosas y decide no insistir. La tensión encrespa el pasillo y los demás pasajeros miran hacia afuera, tratando de existir lo menos posible en ese momento. Se termina la botella que va de mano y mano y la tiran por la ventana a la calle. Estalla el vidrio. Estallan las risas de los cinco.
Por fin llega el momento de bajarse para uno de ellos. Acomoda la mochila sobre su espalda y saluda con una especie de beso y una palmada en el hombro parecida a un abrazo a cada uno de sus compañeros.
El contacto les deja un pudor que no saben disimular. Siguen viaje en silencio, cada uno mirando por una ventana diferente.

1 comentario:

Guillermo Altayrac dijo...

Muy bueno.
Me recuerda a cómo me impactó en mi primer día de secundaria el observar que entre los pibes el beso había sido desplazado por el estrecharse de manos afectando hombría, con esos saludos raros y pelotudos de mover los dedos, golpear los puños, etc.