25.10.11

Extraños superhéroes

En una de las bolsas que investiga su papá, suponiendo que sea su papá, gira algo que brilla hasta donde está él. Como si fuese un tobogán, se deja caer desde la cima de la pila de cartones acumulados sobre el carro hasta la calle. Se asoma entre las piernas abiertas del hombre y en sus manos sucias resalta el brillo de los dos trofeos que rescata de la basura.
Los mira sonriendo pero sin entender bien qué son, parece. Porque es chico o porque nunca vio un trofeo. Y empuña los pedestales para hacer luchar a esos extraños superhéroes de oro con pelotas de fútbol adheridas al pie. Quizás ese sea su superpoder.
El resto de los cartoneros interrumpe su búsqueda para mirarlo correr hasta la esquina con los brazos como alas, haciendo volar a los seres dorados que ahora son suyos.
Las sonrisas de todos al volver a buscar en sus bolsas hace pensar por un confuso segundo en una familia al pie de su árbol de Navidad, justo a las doce.

13.10.11

Los dos chinos

Al atravesar el arco gigante, con tejas curvas por las que reptan dragones de piedra, empiezan dos mundos. El primero que se ve es el de los que visitan el barrio chino: el cambalache de gente imita el diminuto caos de objetos que desborda cada negocio. Familias enormes se prueban sombreros típicos y se ríen entre abanicos, nunchakus y teteras. Tres chicos transforman la cara al morder helados de pescado y carnes indescifrables ensartadas en palitos. Una mujer espera para pagar los ingredientes y brotes que eligió con precisión experta. Algunos se pierden en templos o espacios misteriosos.
El otro mundo que se va recortando es, precisamente, el de los chinos. Un poco caminando entre los visitantes pero sobre todo agrupados en videoclubes con títulos en ideogramas, locales de productos chinos sin marca y asociaciones que los refugian en la tradición más real. Parecen sentir una mezcla de orgullo y fastidio frente a ese interés en sus costumbres que sin embargo tiene algo de invasión y de espectáculo.
Conciliando ambos mundos o rompiendo definitivamente su mística, dos amigos chinos miran todo en silencio echados hacia atrás en sus sillas, frente a los restos de un asado, en la parrilla que resiste desde hace años al pie del arco multicolor.

3.10.11

El hombre mediocre

Un hombre que bien podría ser el viejo portero de un colegio se planta en medio del vagón. Carga un bolso inmensamente pesado. Antes de abrirlo da un breve discurso sobre la importancia de leer, de regalar libros, de contar cuentos a los niños, etcétera. Luego empieza a enumerar títulos, libros en mano, sumando su definición personal de cada uno. Martín Fierro: la historia del gaucho argentino que todos debemos conocer. Cuentos de amor de locura y de muerte: los inquietantes relatos del uruguayo Horacio Quiroga. El Aleph, una de las obras más reconocidas de Borges, en la que descubre universos de forma magistral. Y así con unos diez títulos más. Deja para lo último El hombre mediocre. Escrito en 1913 por José Ingenieros, aclara, trata de la corrupción humana, la soberbia, la envidia, la pérdida de ideales. Cualquier parecido que usté encuentre con la realidad actual, es pura ca-sua-li-dad.
Recorre el vagón una vez más, blandiendo el último libro presentado. El hombre... mediocre, el hom-bre me-dio-cre, insiste, más bajo. Ante la rotunda indiferencia de los pasajeros, arrastra su bolso hacia el vagón siguiente. Y mientras avanza gruñe: mediocre, mediocre, mediocre.