23.9.11

Haya paz. Y tofu.

Las campañas chinas sonorizan la entrada pretenciosamente lenta de la mujer. Una especie de Morticia que flota entre su ropa india de colores brillantes.
Agarra una de las bandejas de la casa de comida naturista y equilibra sus porciones con un espíritu más artístico que nutritivo. Mientras se sirve porotos aduki, una anciana que debe haber sido profesora de yoga, blanca desde la ropa hasta el pelo y la piel, se le cruza para atrapar la última croqueta de mijo.
Si me pedías permiso pasabas igual. ¿Perdón? Que no hace falta empujar como una desesperada. Pero mirá vos que histérica; histérica total: loca. Sí, claro, por supuesto. Loca. Histérica. Total. Pero por favor.
Morticia se aleja hacia la caja y minutos después sale, irradiando calma y colores. La anciana se esconde de la encargada del local para meter un dedo en la salsa de soja y jengibre. La prueba con los ojos cerrados, y sonríe.

14.9.11

Noticia

Con los vasos vacíos hace rato, en silencio, el matrimonio y su hija siguen sentados a la mesa del café. La nena, de unos seis años, dibuja sin ganas en una servilleta. El hombre mantiene la vista en un punto indescifrable y su mujer lo busca con los ojos. Cuando por fin logra que se fije en ella, lo mira profundamente, como si lo tocara o le hablara para consolarlo de algo. Pero en vez de poder rescatarlo, se hunde ella también en esa zona de tristeza. La nena deja el lápiz en la mesa, agarra el mentón de su mamá con el hueco mínimo de su mano y la obliga a girar hacia ella para preguntarle algo sobre las tortas expuestas en el mostrador. Después de contestar distraída, la mujer trata de volver a concentrarse en su marido, pero la chica hace varias veces lo mismo con preguntas cada vez más ridículas que terminan por hacerlos reír a los tres. Finalmente los padres se miran sonriendo y hablan de una cortina que hay que arreglar, de un cumpleaños del fin de semana, de cosas así. 
La nena vuelve a su dibujo a medio hacer, sobre la mesa del café.

1.9.11

Silencio

Es una sala de teatro chica, para unas cien personas. Rebalsa de gente que habla, acomoda abrigos, desenvuelve caramelos, se concentra en teléfonos celulares. Cuando las luces se apagan el silencio va subiendo por las gradas que sirven de asiento, hasta cubrirlo todo. Retumban los pasos de alguien que se ubica en el centro de la escenografía magra, invisible ahora.
Silencio de nuevo.
Pasan los segundos a oscuras y la tensión se hace densa.
Por fin una bombita dibuja, lentamente, el halo de luz anaranjada y difusa que enmarcará el unipersonal de una mujer sola desde siempre, para siempre. Un relato monocorde, puritano, por el que se filtran un deseo y una tristeza exasperantes.
Durante toda la obra, risas injustificadas de buena parte del público se empeñan en descomprimir esa intimidad extrema, que tal vez inquieta demasiado la propia.