24.8.11

Vecinos

Es el día del amigo. Hay dos o tres personas esperando para comprar algo en el kiosco. Pero el chico de pelo lacio y brillante se toma su tiempo para elegir lo que va a llevar. Mira de reojo a los de atrás, girando a medias la cabeza, y se limpia el borde húmedo de la boca con la palma de la mano. Podría tener diez años, o tal vez quince.
Finalmente elige un chocolate con almendras. Paga, recibe el vuelto y lo guarda con cuidado en una bolsita de tela que le cuelga desde el cuello. Vuelve a darle el chocolate al kiosquero, que lo mira confundido, paciente.
-Feliz día, amigo. Vos sos mi amigo. Feliz día.
Y sin esperar la respuesta entra rápido al edificio de al lado.

15.8.11

El paisaje, ventanas adentro

Este vagón parece una tanda de comerciales, dice el vendedor de Guía T cuando toma la posta después del que vende linternas. A él le siguen cuatro músicos. Durante dos temas, con quenas, bombo, guitarra y sobre todo con sus voces, convierten a ese tren en el de las nubes. Un ciego espera que terminen de tocar para pedir monedas por los asientos, sin más producto ni talento que sus ojos de nácar y el bastón blanco, con el que hurga el pasillo como si fuera su perro lazarillo. Mientras escucha, se pone a seguir el ritmo de la música con su lata, despacio primero y después con más fuerza, hasta casi ser parte de la banda. Los pasajeros y los músicos le sonríen aunque él no pueda verlos.
Cuando llega por su fin su turno, la inesperada cantidad de monedas que recibe lo hace sonreír a él, mientras empieza a llegar la misma canción, amortiguada, desde el vagón siguiente.

6.8.11

Felicidad al paso

Se baja del auto con dificultad. Mientras lo rodea, tantea su pelo blanco y lo acomoda aplastándolo con golpes suaves. Ya en la vereda le abre la puerta a su mujer y se agacha para ayudarla a emerger del asiento blando en el que ella apenas se distingue.
Un chico que pasa los ve forcejear y se acerca para tocarle la espalda al hombre y ofrecer ayuda. Él lo mira con un principio de indignación, pero antes de que pueda reaccionar la mujer acepta y se desprende de su marido para estirar los brazos hacia el chico. Se abrazan despacio, él la levanta y con felicidad la mujer pisa la vereda y dice que por fin un día no se moja los zapatos con el agua que corre junto al cordón. El chico se aleja con un saludo al aire. El hombre cierra la puerta del auto, toma del brazo a su mujer y empieza a caminar serio, como si no le viera a ella la sonrisa.