29.7.11

Sobre un puente

Desde lo más alto del puente se ve a los autos ir y venir a toda velocidad.
En realidad lo que se ve son sus luces: es de noche y la iluminación de la calle es mínima.
Los sonidos llegan amortiguados y se van enseguida. Tejen un zumbido desparejo, según la dirección y distancia de cada auto.
La altura, la oscuridad, el efecto de silencio a pesar del ruido se condensan en ese punto máximo antes de empezar a bajar hacia el otro lado. Se hace tentador dejar de caminar y ponerse de cara a la calle. Mirar hacia abajo un rato largo. Mirar después hacia el cielo y escuchar la propia respiración. Pensar sin palabras pero con la sensación de movimientos profundos. A lo mejor algo así le pasó a la persona que con aerosol escribió sobre el cemento del puente estas dos palabras: Me cansé. Y después quién sabe.

20.7.11

Puente levadizo en las callecitas de San Telmo

En el edificio arenoso y gris, las ropas de colores se reparten como banderines que alegran los balcones y disimulan sus grietas. Hay en el segundo piso una mujer acodada en la baranda, que mira sin ver hacia los adoquines de la calle. Otra mujer asoma medio cuerpo en el balcón de al lado y al descubrir a su vecina termina de salir. Se sonríen ampliamente y se van para adentro, cada una a su casa. Pasan pocos segundos hasta que reaparecen, la de la derecha con una pava y un mate, la de la izquierda con un tablón de madera. Con cuidado lo pone sobre la baranda lateral de ambos balcones y crea una mesa, un puente, un lugar en el que las dos apoyan los codos y el mate que van a compartir.  

11.7.11

Un café doble, dos cortados y dos lágrimas

Ela mesa del fondo de un café, las risas de cinco mujeres suben, bajan y estallan de acuerdo a las partes de la historia que cuenta una de ellas. Las situaciones y diálogos insólitos que desembocaron en su divorcio parecen un guión de stand up escrito a su medida. Los de las mesas cercanas la escuchan, sin disimular demasiado. Parecen recibir los ecos un chiste y no de un drama.
Las mujeres terminan el café, con las mejillas rojas y todavía sonriendo, y se levantan para irse. La que hablaba se queda seria, más bien ausente. Mientras despega su abrigo del respaldo de la silla remata, como desde otra historia:
-La verdad, yo no sé qué más esperaba de mí. Qué más tenía que hacer…
Lo dice casi para sí misma, dos gotones le inundan los ojos.

5.7.11

En la Plaza San Martín

Está parado con las piernas separadas. El eje de su firmeza se alinea con el sable incrustado en una grieta del piso, en medio de sus pies. Las manos parecen descansar en la empuñadura, pero la tensión de los brazos lo carga de espera. Su dignidad desafía desde los ojos graves y la mandíbula que apunta al horizonte.
Cuando la explosión de tacos y risas lo sorprende, un redoble de rigidez pone en alerta todos sus músculos. Al cerrar un poco sus puños hace refulgir el sable y captura el reflejo de las dos mujeres, que pasan tan cerca que parecen no haberlo visto. Sin alterar la expresión baja la mirada y hace girar su arma casi imperceptiblemente, acompañando la imagen que se corta al llegar al filo.
Solo de nuevo, levanta la vista. Desde muy cerca debe verse en su cara la intención de una sonrisa.