30.6.11

Los límites del club de tenis

Hoy, las cuatro casillas de chapa que se veían desde el tren desaparecieron. 
Las vías las franqueaban por delante y por detrás. A uno de los costados, la tierra sembrada de botellas rotas, sillas de tres patas, perros echados y partes de cosas ya irreconocibles se angostaba hasta formar la pendiente hacia la calle. Al otro lado, el límite era el paredón de la última de seis canchas de tenis. A veces se veían pelotitas fosforesciendo sobre los techos oxidados, y al día siguiente ya eran bolas grises rodando entre los pies de los chicos de las casillas. 
Hoy el terreno está vacío. Salvo por dos montañas de polvo de ladrillo prolijamente acomodadas en un costado.

25.6.11

Frente al Obelisco

Acomoda el pelo bordó sobre su cara pálida. Por el maquillaje, los ojos y la boca parecen moretones hundidos, de un pastoso negro violáceo. En todas las redondeces de su cuerpo hay ese resto de aspecto infantil, mezclado con una promesa de mujer maciza.La correa del cuello anticipa lo que viene debajo: remera negra con mangas de red, mini negra, medias negras por encima de las rodillas. Como un puente para evitar que se corte la oscuridad, un portaligas negro atraviesa los muslos que hacen pensar en carne de pollo cruda. De fondo, el Obelisco y una orquesta sinfónica. Ella escucha el concierto con los ojos cerrados, y se mueve de un pie a otro siguiendo cada pieza. Su novio, remera de Sepultura y pantalón de cuero, tiene media cabeza menos de altura y la mitad de espalda. Debe ser la persona más parecida a un fósforo quemado. Lucha por sostener a su princesa oscura, tratando de que no se note mucho que la acompaña en el movimiento, sobre todo cuando llega el Danubio Azul.

18.6.11

Cabildo y Juramento

Un grupo de gente está apilada bajo el techo de un kiosco que ocupa la esquina entera. Esperan a que se calme la tormenta que explotó de pronto. Están todos de cara a la calle, menos una chica gorda, más bien obesa, de unos 15 años. Es la única que gira y se queda de frente a los chocolates, los alfajores, los bombones, los caramelos. Los mira con fiereza. Hasta que los ojos fijos se le empiezan a llenar de lágrimas y se pone a llorar con los brazos y los hombros inertes, sin sacar la vista de las golosinas. Por el ruido de la lluvia nadie se da cuenta, salvo el kiosquero que, después de dudar un rato, se pone a ver caer la lluvia.

13.6.11

Scalabrini Ortiz

Son apenas las diez de la noche pero ya está acostado y dormido. Dejó la tele prendida, mal sintonizada y con ese ruido a cosas friéndose. De todas formas el 110 y el 141 se devoran el sonido.
No es común ver a un linyera con un televisor en el medio de la vereda, y menos que lo tenga encendido. Pero más llama la atención el tachito con tres claveles fucsias, a los pies del colchón flaco apoyado sobre cartones. Y más aún el puñado de arena fresca donde hay tres sahumerios clavados. El perfume del sándalo se abre paso entre el humo de los autos y envuelve la escena que hace todo por no ser cotidiana.