18.5.11

Flores




En el subte, durante el consabido paneo horizontal, una sonrisa interrumpe la línea de caras amargas. Paneo vertical ahora, buscando más detalles sobre esa tregua. Ella tiene unos setenta años. La remera con brillos y el maquillaje estridente le quedan por encima, como un adorno mal puesto, es evidente que no son habituales en ella. Por todos lados asoma la mujer corpulenta, sencilla, curtida. Lleva dos rosas en su mano: una amarilla, otra rosa. Las mira y amplía su sonrisa. Los tallos son larguísimos, no hay papel o ramitas que permitan pensar que fue un regalo. Es de esas que se entregan a un grupo por asistir a una charla, por colaborar con una causa, cosas así. Pero nadie tiene por qué notarlo. Ni siquiera ella.

11.5.11

“Lily:”

Seis hombres de mameluco azul contemplan la novedad que los recibe esta mañana en la casa a medio demoler. Se diría que son expertos frente a una obra de arte o a una compleja fórmula matemática.
“Lily:” dice la pared. Lily dos puntos. Y debajo, un número de teléfono celular. Alrededor, restos de azulejos y ladrillos.
Una broma. Alguien que quiere vengarse de la tal Lily. El capricho de algún borracho. Una vecina que se fijó en alguno de ellos. Un conocido de Lily, con alma de celestina. Una señal de Dios.
La incógnita se reparte entre los seis cascos amarillos que se separan para ir a sus puestos en la demolición, a empezar un día vagamente diferente a los demás.

10.5.11

Florida

Mientras avanza por Florida mira el show callejero de tango, a través de la ronda de gente. Empieza a sonar una milonga que debe ser su preferida: sonríe y se le revoluciona el paso, como si se asustara. Trata de seguir, pero niega con la cabeza. Lleva su mano desde la cintura hasta el centro de la espalda de su mujer, y la envuelve hasta ponerla frente a sí, venciendo una breve resistencia. Con la mano libre agarra la de su compañera. La cara de ella está roja de vergüenza y de una indignación tibia, añeja. Sin esperar que la mujer se mueva, el hombre aprieta el abrazo hasta levantarla en el aire y así bailan algunos segundos. Varios de los que están en la ronda giran para mirarlos. Algunos, cómplices. La mayoría, burlones. Él baila con los ojos cerrados y una sonrisa para sí mismo. Ella con la vista baja, volando, como en las nubes, como en la nada.

3.5.11

Retiro

En uno de los arcos de la estación de Retiro se inauguró una galletitería. Un nombre en colores estridentes junto al dibujo más bien ochentoso de un perro se repiten en la marquesina, en las cajas apiladas, en los carteles de la vidriera y en el delantal de una chica parada en la puerta. La chica tiene una canasta donde hay galletitas que pocos se acercan a degustar.
A unos metros, una vieja envuelta en una frazada y acostada en el piso la mira. Hace una semana, la puerta de ese negocio aún en obra era su guarida. Acomodaba en el escalón sus bolsas de un gris multicolor, toda su existencia, que a partir de hoy quedará expuesta a desparramarse y perderse.
Ahora, en ese mismo espacio, alguien regala comida. Alguien que además, mirándola como si tuviese que traicionarla sin alternativa, repite, cada vez que se acerca un grupo de gente: “Para compartir en el trabajo. Para disfrutar en familia. Riquísimas. Crocantes. Adelante, pasen.”