28.4.11

Literalmente

Estoy leyendo en el tren, parada, cuando de reojo veo que alguien se levanta. Voy derechito al asiento, pero justo antes de llegar quedo frente a un hombre canoso -grande pero no viejo todavía- que viene a buscarlo también. Lo miro, me mira; le ofrezco que se siente él, pero él dice que no con la cabeza (dice lo contrario con su gesto). Me siento. Mi “gracias” se pierde en la espalda del tipo que ya no me escucha. Sigo leyendo: “La miras muy desanimado. Intentas ocultar tu desengaño...” Y el diálogo arranca: “Inútil agradecérmelo...”
Esas casualidades 
que alegran incluso más que conseguir asiento en el tren, del lado donde da el sol.

26.4.11

Sin curita

Hay pocas cosas más incómodas que girar apurado en una esquina, preguntarle la hora al primero que aparece en el camino, y que esa persona resulte ser un señor ciego que está vendiendo curitas. Y no sólo es la incomodidad por la torpeza de uno, sino porque el tipo se lleva su reloj a la oreja, aprieta un botoncito que dice la hora con voz de robot y la repite gentilmente. Y peor aún: irse aturdido, sin siquiera comprarle una curita que tape un poco su desilusión.

25.4.11

Domingo

Es domingo a la mañana, hay sol, hay esa necesidad de aprovechar el día de descanso. Ella es una más de las madres solas con sus niños en el parque. No es posible saber si el hombre de la casa está, precisamente, en la casa, o si no existe.
Su hijo grita que quiere ir al pony y no a la calesita, donde se agolpan varios hombres alrededor de los chicos independientes durante los dos, tres segundos en que la vuelta los esconde. Se acercan entonces al encargado del animal que, al revés del dicho de los perros con sus dueños, parece haberse mimetizado con su mascota.
De un lado va ella, resignada a hundir los tacos de sus botas nuevas en el camino de tierra húmeda, acomodando cada tanto el pañuelo sedoso que lleva al cuello. Del otro, el dueño del pony, riendas en mano, emanando seguridad y control. Los tres paseando, disfrutando en silencio, podrían ser una familia. Si él fuese un poco más alto. Si la mirase, apenas. Si tuviese un caballo al que parecerse, y no un pony. Casi. Casi.

23.4.11

Transporte impúdico

Viajo, como muchas otras veces, aprisionada en el subte. Ni siquiera me puedo distraer mirando gente: la cercanía compone una selva de poros, arrugas, pelos mal teñidos y lunares. Para entretenerme, se me ocurre imaginar esta masa contorsionista en medio de la 9 de julio: sin el vagón como marco, somos un cuadro absurdo, surrealista y hasta obsceno.
No
es un pensamiento alentador, pero, simplemente, no hay mucho que pensar mientras un codo se me incrusta en las costillas, un aliento suspira en mi nuca y un murmullo vacuno sobrevuela el movimiento lento y el bufido rancio de las puertas, en cada estación.

20.4.11

La loca

La loca del carrito sale de su casa todas las mañanas con el carrito de bebé vacío. Sale y sonríe a la gente que busca ver algo en ese hueco blando. Sonríe con esa sonrisa que las madres devuelven a quienes miran a sus hijos.
A veces la loca del carrito le habla a su bebé imaginario. Acomoda las mantas con una ternura que es casi sutileza.
La loca del carrito regala su locura, provoca la tranquilidad de creerse cuerdo, relativiza las propias penas.
La loca del carrito lo sabe. Y por eso sale todas las mañanas, y sonríe.

18.4.11

Abuelito, dime tú

Parece abrir la vereda en dos con los taconazos que hacen avanzar sus piernas. Su pollera blanca promete un poco más a cada paso, hamacándose hacia un lado y otro. El viejo la ve venir desde la esquina; le cuesta mantener firme el bastón en su palma húmeda. Cuando la tiene cerquita, suelta el piropo que usa en casos especiales como este. La obscenidad siempre lo hace sentirse unos años más joven. Sólo que esta vez la chica para en seco, gira su cabeza y la inclina hacia abajo, hasta quedar a pocos centímetros de su cara.
-¿Cómo dijo, a-bue-lo?
Y deja flotando esa última palabra frente al hombre que la ve alejarse.