14.12.11

Vidrio

Es raro que todavía nadie haya atropellado al cubo de vidrio que protege a la Virgen de las estampidas de gente en la estación. Cada tanto una persona se desprende trabajosamente de esa masa apurada y sin embargo lenta para acercarse a la imagen. 
Una mujer con una bolsa grande, un poco deshilachada, apoya la punta de los dedos en el vidrio. Se la ve mover los labios, no con la cadencia monocorde de una oración religiosa sino con la intención de un diálogo. A los pocos minutos la reemplaza un hombre viejo que apoya la palma entera en el cubo y mira a la Virgen de tal manera que no le hace falta hablar.
Aunque se repita seguido, la escena se destaca siempre, como un silencio o una cámara lenta entre las corridas, los tropiezos, el paso rápido y sin pensamientos que dominan la estación.
Sobre el vidrio quedan promesas, ruegos, reclamos, fe, a veces costumbre, temor y superstición. Queda la huella de las manos abiertas, esperando recibir lo que sea que se hayan detenido a buscar.

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