13.10.11

Los dos chinos

Al atravesar el arco gigante, con tejas curvas por las que reptan dragones de piedra, empiezan dos mundos. El primero que se ve es el de los que visitan el barrio chino: el cambalache de gente imita el diminuto caos de objetos que desborda cada negocio. Familias enormes se prueban sombreros típicos y se ríen entre abanicos, nunchakus y teteras. Tres chicos transforman la cara al morder helados de pescado y carnes indescifrables ensartadas en palitos. Una mujer espera para pagar los ingredientes y brotes que eligió con precisión experta. Algunos se pierden en templos o espacios misteriosos.
El otro mundo que se va recortando es, precisamente, el de los chinos. Un poco caminando entre los visitantes pero sobre todo agrupados en videoclubes con títulos en ideogramas, locales de productos chinos sin marca y asociaciones que los refugian en la tradición más real. Parecen sentir una mezcla de orgullo y fastidio frente a ese interés en sus costumbres que sin embargo tiene algo de invasión y de espectáculo.
Conciliando ambos mundos o rompiendo definitivamente su mística, dos amigos chinos miran todo en silencio echados hacia atrás en sus sillas, frente a los restos de un asado, en la parrilla que resiste desde hace años al pie del arco multicolor.