5.7.11

En la Plaza San Martín

Está parado con las piernas separadas. El eje de su firmeza se alinea con el sable incrustado en una grieta del piso, en medio de sus pies. Las manos parecen descansar en la empuñadura, pero la tensión de los brazos lo carga de espera. Su dignidad desafía desde los ojos graves y la mandíbula que apunta al horizonte.
Cuando la explosión de tacos y risas lo sorprende, un redoble de rigidez pone en alerta todos sus músculos. Al cerrar un poco sus puños hace refulgir el sable y captura el reflejo de las dos mujeres, que pasan tan cerca que parecen no haberlo visto. Sin alterar la expresión baja la mirada y hace girar su arma casi imperceptiblemente, acompañando la imagen que se corta al llegar al filo.
Solo de nuevo, levanta la vista. Desde muy cerca debe verse en su cara la intención de una sonrisa.