13.9.16

En construción

Tuvo que insistirle a su padre para que abandonara el relajo narcótico que lo retenía en la lona, con los ojos cerrados. Pero logró que se pusiera junto a él a hacer construcciones -nada de castillitos- en la arena. 
Al principio las enormes manazas somnolientas entorpecían más de lo que ayudaban. Pero en pocos minutos ya modelaban un tercer piso con tejas de caracoles y pasadizos interconectados.
El niño se alejó para observar la obra de su papá, que parecía en plena cirugía a corazón abierto. Esperó a que levantara la cabeza para sonreírle, orgulloso. 
Siguió esperando. 
La sonrisa se le cansó. 
Retrocedió hasta el agua, siempre mirando a su padre. Los tobillos. Las rodillas. La cintura. Nada. Sólo un poco de piel de gallina por el frío. Volvió a la orilla y dibujó medio círculo en la arena con el dedo gordo de su pie. Antes de volver tenía que definir si estaba asombrado u ofendido. No conocía aún la palabra perplejo.

19.6.13

Las compras de los otros

El changuito llega a la caja como un niño obeso que acaba de comer hasta el asco. Ella lo ubica sin cariño en la fila y mientras espera repasa el amontonamiento de formas y colores. Acomoda los cereales bañados en chocolate, esa enorme caja extranjera. Pone los helados junto a las verduras congeladas más pretenciosas, para separarlos del envío a domicilio. Al frente se amontonan los yogures de envase ínfimo que dicen proteger las defensas, los violetas para el tránsito lento, los de frutillitas con corazones y los de banana y chocolate: la versión yogur de la familia.
Hace avanzar el changuito al ritmo rastrero de la fila y se pone a contar con los dedos los jugos de naranja, manzana, banana, durazno. Todos en cajitas individuales. También individuales son las botellas de coca, agua tónica, citrus. Después lucha para pescar los quesos y jamones que se filtraron hacia abajo y quedaron encajados entre los vinos, el vodka de mandarina y el whisky. Un anticipo del espacio compartido que les espera, aunque repartidos en diferentes estómagos. O no. 
Finalmente llega su turno. Cuando el cajero le anuncia el monto total ella amaga para sí misma una sonrisa que tiene algo de espanto, y saca del bolsillo azul de su uniforme la plata que le dio la señora de la casa. Esa casa a la que entra y sale por una puerta que está casi escondida, de costado, como si se avergonzara de recibir a cierta gente.

3.5.13

Ese qué sé yo, ¿viste?

Microcentro. Caras de perro. Abanico de arrugas entre todas las cejas. Carteras y mochilas sobre el pecho. Puteadas por los choques de hombros entre los que van sumergidos en el celular. Por los semáforos que tardan. Porque sí.
Un hombre se acerca a otro desde atrás y le golpea la nuca. El golpeado gira con una bronca de mil días, mil trabajos, mil calles Florida a la una de la tarde, listo para descargar todo en esa piña. Pero el que le pegó sonríe y grita:
-¿¡Qué hacés, loco!?
Transformación a increíble velocidad de la otra cara, que pasa fugaz por el gesto de reconocimiento, después sonríe enorme y termina en un enojo fingido que acompaña con los brazos en posición de boxeo.
-¡Hijo de puta! ¡Hijo de puta! -abraza al que lo vino a sorprender, que en seguida contesta:
-¡Hijo de puta! –se separa para mirarlo y lo vuelve a abrazar.
Y se los traga la multitud de extranjeros que los miran asustados y de argentinos que sonríen y siguen mejor su día.

27.4.13

Muñecas

Cada vez que un auto estaciona en la callecita asfixiada por restaurantes, tres nenas se le acercan corriendo. El pelo revuelto, las caras arcillosas, la ropa incoherente les dan un aire de muñecas abandonadas. Cuando el dueño del auto se prepara para espantarlas con unas pocas monedas o unos cuantos gritos, ellas lo esquivan y abrazan al auto con todo el cuerpo, pegando la panza y hasta la cabeza en el capot. Chillan, alegres, y después se callan y parece que se fueran quedando dormidas, hasta que estaciona alguien más y salen corriendo hacia ahí para repetir el ritual, el juego o lo que sea que estén haciendo. 
Los que bajan de los autos amagan movimientos sin saber bien qué pasa o cómo deberían reaccionar. Se cierran los tapados y camperas, ajustan sus bufandas para obligarse a caminar, y quizás es entonces, cuando encogen los hombros de placer entre las telas suaves y abrigadas, que imaginan el calor que deben desprender sus motores recién apagados.

11.4.13

Levante

El pasto demora un poco el avance de la silla de ruedas. Finalmente llegan a un punto que los convence a los tres: al chico que va en la silla, al que lo lleva y parece su padre, al que los acompaña y es tan parecido al otro chico que debe ser su hermano. Con la precisión de un movimiento hecho mil veces, los dos de pie trasladan hasta el pasto al chico que no podría desobedecer en otros parques donde está prohibido pisar el césped.
Él acomoda sus piernas de trapo y después se echa hacia atrás, la espalda sintiendo la tierra, la cara hacia el sol. Su hermano se desparrama al lado. El padre les dice algo y se aleja con la silla vacía. Los hermanos sonríen. El sol, el pasto, estar en la misma posición son buenos motivos para sonreír.
Llega a la plaza un grupo de chicas. Después de algunas miradas y de confabular sin disimulo, una se acerca a ofrecerles un mate. Al rato se animan las otras tres. Todos hablan al mismo tiempo, se ríen, se estudian, se entusiasman, ahora que todavía no viene a lo lejos un señor con una silla de ruedas. La silla para sentar a uno de sus hijos. El hijo que separa los brazos como sin fuese a volar para dejar que su padre lo levante por las axilas. Que sonríe con la cabeza baja para no ver la fingida naturalidad en la cara de las chicas. Para escapar de las voces que inevitablemente se agudizan al despedirse.

3.4.13

Un vecino

    Julio sale, como todas las tardes a las dos y media, a dar su vuelta. Supone que la caminata le hace bien. Supone que algo terrible podría pasarle si un día no saliera.
Está vestido con su ropa atemporal. Ni linda ni fea. Ni sucia ni limpia. Ni nueva ni vieja. Al salir del ascensor se cruza con una vecina que vuelve de la calle con algunas bolsas. La saluda con vehemencia; intenta arrancar algo más que una respuesta de molde. Pero recibe una reacción maquinal. No se sorprende, ni se enoja, ni se desilusiona. Ya no.
Sale del edificio, ahora, y lo esperan sus dos vueltas a la manzana. Todo un desafío. 

No tiene ni tuvo hijos o esposa. Su familia, cada vez menos numerosa, terminó por extinguirse. Sus amigos eran los compañeros de trabajo que desde que se jubiló no volvió a ver.
Lucha por no ser un fantasma. Pisa fuerte cuando camina. Mira a la gente a los ojos. Para saludar, comprar o preguntar alguna cosa, busca palabras extrañas que molesten al oído acostumbrado a tres o cuatro variantes clásicas. Pero hay algo en su forma de estar como un poco fuera del mundo, algo en su esencia de observador, que le impide conseguir ese registro que busca. Que hace que lo miren como si traspasaran la lámina curva de su pecho y le devuelvan palabras gastadas a cambio de sus intentos más originales.

Como hoy no le toca comprar nada ni hacer ningún trámite, Julio se conforma con mirar a los que caminan sus mismas veredas. Casi al terminar su recorrido, ve llegar de frente a una mujer joven, acaso linda, pero no llamativamente. Se le ocurre que debe tener un perfume exquisito. Lo intriga cómo un aroma es transformado por cada piel de una forma única. Por eso se acerca, y es premiado ya unas baldosas antes de cruzarla con ese perfume que jamás se repetirá en otra mujer. Alentado por todos sus sentidos, quiere existir con más ansiedad que en toda la semana. Carraspea fuerte y claro, mirándola tan fijo como se atreve, a un paso ya de no verla nunca más. Pero ella pasa sin desviar sus pupilas de alfiler de un horizonte invisible. Sin traicionar ni por un segundo la tensión de su mandíbula y sus hombros. Julio sigue camino, entrecerrando los ojos para prolongar ese aroma que ya se le esfuma de los sentidos y la memoria.
    Llega por fin a su edificio. Otro recorrido cumplido por sus dos manzanas diarias. Y nadie lo nota entrar por la puerta de la que nadie lo notó salir. 

20.3.13

Piloto automático


Insúa llega a su casa después de un día de mierda. Uno entre otros trescientos sesenta y cuatro días de mierda, en la peluquería donde trabaja barriendo pelos y sirviendo café a señoras venidas a menos.
Entra a su casa y, tal como ordena el cartelito, cierra con llave las 24 horas, por favor. En los pasos que da hasta el ascensor, lo va envolviendo el monólogo de una vecina que arrincona a una chica con bolsas de supermercado. Hay tantos vecinos en ese palomar donde alquila que Insúa nunca sabe si ya conoce o no a la gente que se cruza.
-Porque una no tiene casi ochenta años para que vengan a subirle las expensas así como así. Que se dejen de embromar. Vos tenés que quejarte, nena, escuchame. Aunque alquilés: hablá con el propietario y decile que no puede ser.
El tono es agrio por la queja, pero a la vez cómplice con la chica, que la mira y asiente tímidamente. Mientras habla, la anciana registra con el filo de su ojo acuoso a Insúa y, como si él fuese parte de la conversación desde el principio, sigue con su hilo. 
-¿Usté también alquila?    
Insúa asiente sin mirarla ni frenar su paso. Busca el picaporte del ascensor, que ella está obturando, como si no la viera, o como si no le importara estamparle la puerta en la cara. La mujer se desconcierta por un momento, después se corre. 
-Entonces usté también... Quejesé.
Insúa entra último, y ya está por poner su cara de sí, señora, qué barbaridad, quédese tranquila. Pero su cansancio tiene hoy otra forma; no logra o no quiere usar el piloto automático. Aprieta el quinto botón y simplemente se para de espaldas a las dos mujeres, con la cara a dos centímetros de la puerta.
-Hable con el propietario... -con voz cada vez menos potente, insiste- Digalé que... que no puede ser...
Sigue así los cinco pisos de viaje, por los que se mezclan olores apretados de sopa, calabaza, guiso, coliflor. Llegan por fin al quinto. Sin contestar, sin asentir, sin girar, Insúa abre la puerta. Y dice hasta luego. No por cortesía, sino para confirmarle a su vecina que no es mudo ni boludo, que la ignoró con toda intención.
El ascensor se pierde hacia arriba como un globo suelto, llevándose las palabras que la señora susurra a la chica:
-La pucha, querida, ya no hay respeto por nada...
 Insúa cierra la puerta de su casa. 
Se queda parado ahí, en la entrada. 
Y se pone a llorar.

26.2.13

Un largo viaje de diez minutos

Suben al colectivo a los gritos. Se empujan. Se pelean por los asientos. Se pegan fuerte. Son cinco chicos de unos quince años, o algo así se adivina entre la ropa gigante y las gorras que les sombrean la cara. El conductor amaga a frenar y pide que paguen sus boletos y que se calmen, pero no consigue ninguna de las dos cosas y decide no insistir. La tensión encrespa el pasillo y los demás pasajeros miran hacia afuera, tratando de existir lo menos posible en ese momento. Se termina la botella que va de mano y mano y la tiran por la ventana a la calle. Estalla el vidrio. Estallan las risas de los cinco.
Por fin llega el momento de bajarse para uno de ellos. Acomoda la mochila sobre su espalda y saluda con una especie de beso y una palmada en el hombro parecida a un abrazo a cada uno de sus compañeros.
El contacto les deja un pudor que no saben disimular. Siguen viaje en silencio, cada uno mirando por una ventana diferente.

25.2.13

Acústico.

El teatro, sus luces incrustadas en molduras barrocas, sus butacas impecables, se van transformando con la entrada de cada grupo de remeras negras, cadenas, banderas y tatuajes. Como dos que no se conocen pero llegan con ganas de caerse bien, un clima de fiesta tranquila desborda la sala. El teatro hace lugar para los gritos, los saltos al principio, las pizzas y las papas fritas infiltradas. De a poco los grupos van aceptando los asientos mullidos, el aire acondicionado, las emociones distintas, y los ánimos se parecen a las versiones acústicas de los temas que eran sinónimo de pogo hasta esa noche.
Uno de todos, cincuenta años, pelado, en cuero, no puede.
Se para. Salta. Grita. Revolea la remera. Los de alrededor, eufóricos pero sentados, no se quejan. Tampoco lo imitan. Raro, como lo demás. Después de un rato, todavía de pie, baila cada vez más lento; canta cada vez más bajo.
Durante el último tema ya no se mueve, no grita. Una mano sostiene la remera, como una bandera vieja. La otra se cierra en un puño sobre el pecho y ahí queda, hasta que al prenderse las luces todos se levantan para la ovación final, y él se pierde de vista.

18.1.13

Publicaron este cuento que escribí en www.casquivana.com.ar (página
20)

NARRATIVA
Veinte minutos
Texto: Dolores Fernández / Imagen: Martín León Barreto
 
Mauro está leyendo, y es como si estuviera solo. El tren, el movimiento, la gente, el ruido se vuelven de a poco latentes como el peso del reloj en la muñeca, el contacto con la ropa, la mínima presión de los zapatos.
Pero algo lo saca de su lectura como si le levantaran la vista a la fuerza. Es la bocina del tren: un grito largo, afónico, a contrapelo. Una vez le contaron que cuando un maquinista se ve a punto de pisar a alguien no deja de tocar la bocina aunque el atropello sea inevitable, para no escuchar el ruido de los huesos rompiéndose entre las vías y las ruedas. Como galletas o cereales crocantes. Lo que no puede disimularse, piensa Mauro entonces, es la sensación, real o imaginada, de que el tren pasa por encima de algo. El instinto lo hace encogerse, tal vez por impresión o tal vez buscando pesar menos sobre esa persona que ya empieza a gritar y que los que viajan con él escuchan desde arriba, como parados prematuramente sobre su tumba.
    Los pasajeros atraviesan las puertas conectoras de los vagones para agolparse en el primero, donde él viaja, porque por las ventanas de la derecha se llega a ver a la víctima. Con los recortes de frases se va armando la imagen que no ve. Una mujer mayor. Está viva. Está conciente. Sigue atrapada bajo el tren. Grita (eso también se escucha, pero alguien lo menciona, de todas formas). Está lastimada; no parece que vaya a morir.
    Con la extraña intimidad que une a los testigos de hechos semejantes, todos comentan impresiones, se preguntan si fue un intento de suicidio o un accidente. Él sigue sentado. Siente que sus huesos están sueltos. Lentamente junta fuerzas para cerrar el libro. Por la forma en que un hombre lo mira supone que el pánico asoma a su cara, pero en seguida se da cuenta de que no se está fijando en el blanco de su piel sino en el del delantal de hospital que dobló sobre su regazo al sentarse.
    Pronto estalla el clásico "¡Un médico, por favor!", y a pesar de que Mauro apenas empieza a hacer su residencia, el delantal denuncia que algo tiene que poder hacer, al menos hasta que llegue la ambulancia. El hombre lo sigue mirando mientras él acomoda el último pedacito de
tela blanca dentro de la mochila. No le dice nada. No hace gestos. Lo observa como una voz de la conciencia.
    Los gritos de la mujer van calmándose de a poco cuando los médicos llegan y la atienden. La palabra rata se le aparece a Mauro como si alguien la deletreara sobre su oreja; le hace apretar la boca y trata de olvidarla. Pero se instala en sus oídos y en sus ojos.
    Encorvado, busca esconder la mirada entre zapatos y bollitos de papel tirados en el piso. Sin levantar el codo de la mochila se rasca el nacimiento de una ceja con el índice, se acomoda el pelo. Quisiera ser botánico. Bibliotecario. Ferretero.
    Algunos, mientras asoman medio cuerpo por la ventana para no perderse los detalles, se indignan por los transeúntes que paran y hasta sacan fotos con sus celulares. Otros piden que destraben las puertas. Cuando un operario del tren dice que aunque la atropellada está fuera de peligro nadie puede abandonar el tren, empieza a sentirse ese calor que anestesia el aire cuando se sabe que no es posible salir.
    Una mujer con calzas celestes y remera larga azul, de rulos electrizados en un rojo desparejo, pregunta por qué los infelices que se quieren suicidar le tienen que andar complicando la vida también a los demás. La gente a su alrededor se revuelve un poco, tratando de distraer la agitación que esas palabras despiertan en su nerviosa compostura. Alguno de ellos no lo logra: un hombre de traje, impecable pelo gris hacia el costado, alguien que uno se imaginaría en un auto más que en el tren. Grita que abran las putas puertas, que esto sólo pasa en este país de mierda donde nadie se queja y nos toman por pelotudos que pueden perder tiempo. Mira alrededor con aire de político, buscando reacciones o improvisando un silencio dramático. Una vagabunda de las que piden limosna en el tren, con ropa gris de tan vieja y sucia y la piel como un cuero que apenas le tapa los huesos, se acerca rengueando. Los ojos demasiado abiertos y los labios filosos y resecos.
–Ojalá se hubiese tirado tu madre, la concha de tu madre –se calla un momento, como calculando si lo que acaba de decir es contradictorio, pero en seguida sigue:
–No sé cómo no se tiró todavía, con un hijo como vos. Qué te cuestan dos minutos; hay una mujer atropellada. Pero claro, otra vieja que se muere, total. Hijo de puta, ojalá fuese tu madre la que está ahí tirada y rota.
    La gente se ríe y Mauro se pregunta de qué. No es risa nerviosa. De verdad les causa gracia. Y desprecio. Él se siente del lado de la mujer gris, no por piedad, sino porque cree que tiene razón. Pero mientras presiona con las uñas sus palmas húmedas se resigna a reconocer que no tendría el aplomo para defenderla. Además, toda esperanza de que alguien pueda recapacitar se pierde cuando ella saca de pronto unas llaves de su bolsillo y dice:
–¿Tanto te cuesta esperar? Vení, yo te abro la puerta. Bajá; bajá y andate a la mierda –y prueba ese manojo en la puerta metálica, automática, sin nada parecido a una cerradura. Y realmente sorprendida murmura que ésas justo no son.
–Podés creer –le dice como si no acabara de taparlo de insultos y odio– que justo hoy no tengo la de acá–. Y desviando la vista hacia una ventana se queda ausente, mirando cómo la mujer atropellada es cuidadosamente acomodada en una camilla. Todas las miradas, reunidas hasta entonces en su espalda encorvada, se desplazan como si fuesen una sola al otro extremo del vagón, donde un chico golpea las trabas de una ventana para intentar abrirla.
–¡Aire! –grita, mientras sigue el forcejeo y mira de reojo a la embarazada que está sofocada en el asiento junto a él–. ¡La señora necesita aire!
Mauro siente que una de todas las cabezas abandona la dirección obligada para volverse y mirarlo. Primero a él y después a la mochila donde el delantal se retuerce.
    No puede.
    Ninguna parte de su cuerpo reacciona.
    Ni siquiera ayudar a una embarazada desvanecida, sin sangre ni cortes.
    Una rata; es una verdadera rata. Un miserable.
    El operario vuelve a salir de la cabina y ayuda al chico con la herramienta necesaria para levantar, sólo un poco, el vidrio. Como un rumor y después a los gritos, la gente exige que destrabe toda la ventana para poder salir por ahí si es que las puertas van a seguir bloqueadas. El hombre pide calma, repite que es muy riesgoso caer en medio de las vías y que de todas maneras la ambulancia ya está cargando la camilla y se va a reanudar el recorrido.
    Desde el palco en que se convirtió el primer vagón, un público exigente disfruta del espectáculo. Por un momento flota la sensación de que van a aplaudir cuando las vías sean finalmente liberadas. Después de empujar a su paso al hombre de traje, la vagabunda es la primera en irse al vagón siguiente y Mauro la ve atravesar las puertas conectoras hasta perderse de vista.
    Afuera, las sirenas de la ambulancia que se aleja y los curiosos que se dispersan desarman el núcleo del accidente. Un nuevo maquinista reemplaza al que estaba a cargo.
    Durante los veinte minutos que lleva el episodio se escuchan conversaciones por teléfonos celulares relatando lo ocurrido o avisando llegadas tarde a parejas, jefes, amantes, hijos, madres, amigos que esperan a los pasajeros. Ahora que lentamente se retoma la marcha, de nuevo hablan todos a la vez, cada uno por su cuenta, anunciando la vuelta a la normalidad del tren y calculando horarios.
    Mauro piensa vagamente en su teléfono.
    Pero no se le ocurre a quién llamar.

14.12.12

La salida

El hombre, la mujer y el bebé suben al colectivo envueltos en una mezcla de olores dulzones: los perfumes de cada uno van tan pegados como ellos tres. Mientras el padre saca los boletos, la mamá se acomoda con el bebé en el asiento que alguien le cede. Después de una cuadra deciden cambiar porque a ella se le está arrugando el vestido. Entrega su asiento y su hijo al hombre, y repasa los pliegues de su regazo con las palmas, rozando la tela apenas. Toca sus aros para asegurarse de que siguen en sus orejas y se inclina hacia la ventana para tratar de ver si se corrió su maquillaje. El hombre le sonríe con orgullo. Afeitado al ras, lleva una camisa planchada con dedicación y el pelo recién cortado, húmedo.
Suena el teléfono de él. “Es Raquel”, dice al ver el número. Atiende, habla apenas un minuto: “Ah, bueno, qué lástima... Y sí, ya estábamos llegando... Pero no te hagás problema por la comida, sólo queremos pasar a conocer a la bebé, nomás... Bueno, no te preocupes... Bueno, sí, otro día, claro."
Mientras habla sostiene un diálogo gestual paralelo con su mujer. Primero ella lo encara con fastidio por lo que escucha y él se encoge de hombros, ella asiente cuando él trata de insistir; él abre los ojos expectante. Cuando niega con la cabeza al escuchar la respuesta y corta la llamada, comparten en silencio la desilusión.
A las pocas cuadras ella dice que deberían bajar enseguida y volver. Acarician al bebé dormido, se miran la ropa, sonríen. Y deciden pasear un rato más.

10.12.12

Aguante la ficción

En el balcón de un primer piso, dos hombres instalan un aire acondicionado. El ruido de la calle tapa sus voces. Uno habla concentrado, sin dejar de trabajar con diferentes herramientas. El otro lo mira de reojo y sonríe casi pidiendo permiso, pero al ver que el discurso de su compañero sigue, imperturbable, vuelve a ponerse serio. Cuando los colectivos hacen una pausa llega a escucharse:
“...y Marimar, que es pobre, no sabe que es hija de Gustavo Aldama, un tipo de mucha plata. Se casa con el Sergio, que también tiene plata, y la familia de él la humilla todo el tiempo. Sobre todo Angélica, la madrastra del Sergio. Esa es re maldita, es la que peor me cae. Le hace una cama a Marimar para que termine en la cárcel y le manda a quemar el rancho, con sus abuelos adentro. Sarpada la vieja. Así que cuando la liberan, Marimar se va del pueblo a la ciudad y termina como sirvienta de su propio padre. Pero, ojo, sin saberlo, viste. En las novelas es así...”
Desde la vereda les llega la carcajada burlona de dos chicas que escucharon el relato al pasar. El fanático de Marimar espanta el sonido con la mano, como a una mosca, y mientras ajusta una tuerca dice que a él no le pregunten de fútbol, de política ni del “informativo”, pero que si es sobre novelas, con mucho gusto. El otro asiente, serio y solidario, y siguen trabajando en silencio.

9.12.12

La venganza del rock


Ni el escenario, ni el vestuario, ni la voz son, esta noche, lo que fueron años atrás. Sin embargo, hay cierta benevolencia entre quienes vinieron a verlo, quizás porque lo siguen hace tanto tiempo, o porque es una forma de perdonar la decadencia propia. 
El bar es lindo y chico; él canta muy cerca la gente. Por eso es fácil notar, hacia el final del segundo tema, que abre la boca cada vez menos, estampando las palabras contra el micrófono. Al terminar, durante los aplausos desparejos, se queda de espaldas al público y se lleva las manos hacia la nariz o los labios. No es difícil equivocarse y suponer que está inhalando algo y que fue eso lo que le endureció la boca hace algunos minutos. Arranca el tercer tema con ganas, con más soltura, pero enseguida vuelve a verse incómodo. En una pausa duda un momento y después, cansado de pegarse al micrófono y de minimizar las palabras hasta convertirlas en susurros inmóviles, se resigna a sacarse el inestable diente postizo ante la mirada de todos. Lo guarda en el bolsillo del chupín azul eléctrico y empieza a cantar con su mejor voz. 

3.11.12

Las manos


La cajera se arma de paciencia mientras la viejita rasca monedas del fondo de su monedero de flores para pagar con el importe justo. Ahí encontró: le entrega los sesenta centavos que faltaban y una sonrisa triunfal. Ahora el chico alto que le guardó las compras en bolsas tiene que llevárselas hasta su casa. Se ve que es nuevo y la cajera, tratando de sonar desinteresada y logrando todo lo contrario, le indica: Chichí vive acá al lado nomás, acompañala y te volvés. Él asiente en silencio, agarra las dos bolsas flacas con una mano y con la otra se supone que ayude a caminar a Chichí. Probablemente los otros chicos del mercado suelan hacerlo ofreciéndole el brazo, guiándola desde el codo, algo así. Pero él, sin dudar, envuelve la mano pálida y pecosa con la suya. La cara de la señora es inolvidable. Hay una sorpresa disimulada y después una alegría concentrada en sus cachetes colorados. No van de la mano como una madre grande con su hijo o, más acertado, como una abuela y su nieto: Chichí avanza con gesto de novia primeriza. Un poquito de orgullo y de coquetería en las miradas que dedica a un lado y otro, mientras juntos se abren camino hacia la salida.

Tanta moda descartable


Estoica, la chica espera a alguien en la puerta de Alto Palermo. Calzas-bermuda, plataformas inverosímilmente no ortopédicas que le deben revelar un nuevo mundo en las alturas, remera con estallidos de colores flúo. Algo de animal print en la cartera completa el cuadro. Por momentos se planta con el aire vanidoso que parece inspirarle cumplir estrictamente con la moda, pero así y todo cada tanto se mira de reojo en la vidriera, se reacomoda lo puesto, duda. Como con muchas modas de las últimas, cada vez más extremas y cambiantes -más tirá todo y comprate todo de nuevo como debe ser este año-, hasta que esa estridencia se haga costumbre y se popularice más, está atrapada en una división muy permeable entre sentirse disfrazada o moderna. Y ahora parece pensar que se adelantó un poco, o que se le fue la mano. Pero justo cuando da la impresión de que va a salir corriendo llegan al rescate sus amigas, y en el exceso de gritos y abrazos se apaga y uniforma el de su ropa. 

20.9.12

Final del día

Desde el asiento de uno de los autos que avanzan como rémoras junto al colectivo es posible examinar las caras de los pasajeros. Si, por ejemplo, se elige al hombre del tercer asiento, hay tiempo para detenerse en su campera inflable algo desinflada, en el pelo ya un poco pegado al cráneo a esta hora de la tarde, en la expresión por fin ausente después de todos los gestos del día.
Cuando el colectivo entra en el viaducto Carranza, el hombre cierra de pronto los ojos con fuerza, justo un segundo antes de que la hilera de focos cegadores le cruce la cara como una ráfaga de flashes fotográficos. Al final del pasaje lo espera otro tramo de focos, pero deja los ojos abiertos tranquilamente. Y su cara se mantiene en la sombra: las luces de ese extremo apuntan a la otra mano del viaducto. Un sutil mecanismo de la rutina que sin embargo, por un momento, lo diferencia del resto.

22.8.12

Extranjeras

Bajan por Lavalle dos mujeres altas, corpulentas, rubias hasta las cejas, ojos muy claros. Se las adivina turistas desde lejos, y cualquier duda se despeja al ver las bolsas de casas de cuero, talabartería y souvenirs que documentan su paso por la calle Florida.
Las sonrisas perfectas, de dientes enormes y labios finos, se agrandan aún más cuando escuchan un ritmo como de candombe o samba brasileña que viene desde Alem. Intercambian miradas y empiezan a bailar un poco a medida que se acercan, abriendo los brazos como alas para evitar chocar las caderas con sus bolsas.
La música crece.
Llegan a la esquina.
A juzgar por sus caras, la manifestación de trabajadores en Plaza Roma es bastante diferente a la batucada de colores y bailarines callejeros que se esperaban

Metamorfosis

Sube al tren apocada, tropezándose, con el pelo sobre la cara. Ve un asiento libre y corre a buscarlo como si fuese el último del mundo. Apoya en su regazo un estuche lila del que van naciendo, estación tras estación: tapa ojeras, base, rubor, sombra, rimel, delineador. Hasta Retiro hay tiempo de todo eso. Y un poco de peine. Y hasta perfume detrás de las orejas.
Cuando se levanta para bajar mide un poco más que cuando entró.
Va derecha, la mirada al frente.
Hace sentir el peso de su cuerpo en cada paso.
Increíble todo lo que entra en ese estuchecito.

24.7.12

Del otro lado de la línea

En la esquina de una parrilla con mesas afuera está parado un hombre de la calle. El humo de su cigarrillo se abre paso entre una barba gris de mucho tiempo.
Suena un celular en una de las mesas y el hombre dice ¿Hola? Como no atienden de inmediato se vuelve a escuchar que llaman. ¿Hola?, repite. La dueña del teléfono empieza a hablar y se genera un diálogo entre ella y el hombre que, sin dejar de mirar la calle ni de fumar, responde como desde el otro lado de la línea. Tiene una voz finita y nostálgica, un tono de lobo feroz imitando a la abuela de Caperucita.
¿Cómo estás?
Bien, bien.
Disculpá que no te llamé pero estaba sin crédito.
Y poné crédito, m’hija.
¿Todo bien, entonces?
Sí, todo fenómeno.
¿A cuánto conseguiste el pasaje, al final?
Eh... ochocientos pesos.
Bueno, bueno... Listo, listo. Nos vemos allá. 
Listo, listo.
Ajám.
Uhm.
Dale, nos vemos, ¡chau!
Listo, listo. Chau, chau.
Es difícil no reírse, pero ayuda la molesta posibilidad de que no sea una burla, de que realmente se crea parte de la conversación.

2.7.12

Mensajes en la vía pública

Florida y Córdoba. Llegar a la esquina es una carrera de obstáculos impuesta por quienes entregan volantes de comida rápida, abogados laborales, descuentos en camperas de cuero, videncia, clases de tango. El avance vacuno de la gente les da tiempo a todos de incrustar sus mensajes en las manos que pasan. Los turistas, los que trabajan por la zona, los que hacen trámites, los que no se sabe qué hacen, convierten los volantes nunca leídos en minúsculos carnavales de papel picado que tiran a su paso.
Se acerca una mujer casi enana, piel curtida, pelo áspero y corto. Es la única que presta atención a los repartidores a medida que llega hasta esa especie de peaje que forman. Se estira todo lo que puede y camina con la torpeza de la inseguridad mal escondida. La miran como a una parte incómoda del paisaje y aceleran el recorrido de su vista hacia los que vienen detrás. Sólo el último le entrega un volante, en forma mecánica, y se fija en ella sólo cuando la mujer dice gracias y le sonríe.

27.6.12

Pasatiempo

La señora llega equipada a la sala de espera del laboratorio. Después de mirar el número que retira y comprobar que faltan treinta extracciones de sangre antes de la suya, se acomoda en una silla y saca una revista de sopas de letras. Se tira de cabeza a marcar las primeras palabras que descubre, con trazo firme y un amague de sonrisa presumida.
Algunos minutos después, aumenta el tiempo entre una palabra encontrada y otra. Pasa cada vez más rápido a la siguiente sopa de letras y la secuencia se repite. Su gesto se va indignando. Con las hojas, con su vista, con sus neuronas, con esas malditas pruebas de ingenio que según los médicos prometen mantenerla activa y lejos del Alzheimer.
Mira por sobre la montura de sus lentes hacia los costados, de reojo. Espía la página de resultados y va completando los que le faltan, con la boca fruncida en una u muda que reúne concentración y secreto.
No es difícil imaginarla dejando la revista cuidadosamente olvidada donde puedan verla todos los que necesiten saber que el pasatiempo no pudo vencerla: su marido, sus hijos, algún nieto, ella.

8.6.12

Una tarde en Plaza Italia

Alrededor de Plaza Italia la tarde avanza o se demora como siempre, con los autos que se enredan hasta estancarse, las manadas de gente que surgen de La Rural o el zoológico, invasiones de burbujas que fabrica un vendedor vestido de Sapo Pepe, y sobre todo el ruido, el humo, el movimiento.
Entre los autos se abre paso un hombre que patina sobre rollers. Anteojos de sol, musculosa negra, pelo planchado largo hasta los hombros, y castañuelas. Castañuelas. Las hace sonar mientras sus brazos compensan los cambios de peso de las piernas y cada tanto sobrevuelan su cabeza para intentar pasos de flamenco. Por momentos canta, y se escucha la voz alegre ajena al caos, avanzando ligera entre la inercia, acompañando a las castañuelas que cortan el aire gris.

25.5.12

Mecanismos ocultos

Hay poca gente en el subte. Los asientos enfrentados, de espaldas a las ventanas, convierten al pasillo en un escenario. Por él avanza la chica ciega.
Alguien más puede ayudarme. 
Alguien más puede ayudarme.
Las primeras veces con tono de pregunta. Después como una orden. Finalmente, con una certeza que le da bronca.
Cuando ponen plata en su bolsa, se endereza y Graciasdioslebendiga. Siempre exactamente igual, como si las monedas activaran una maquinita un poco triste y gastada, en un parque de diversiones al que ya no va casi nadie.

El cliché del ocio

Está sentada frente a una gran taza, tiene en la mesa su notebook y una revista. En las manos, un libro. Aunque intenta concentrarse en su lectura, levanta la vista para mirar hacia la ventana cada vez que alguien pasa. Su ropa es cómoda, pero cuidadosamente elegida.
Mi primer día libre, le cuenta rápido a alguien que la llama a su celular, como para no perder mucho de este valioso nuevo tiempo. Sentada alrededor de todo lo que supone que debe tener, en el lugar que cree que debe disfrutar, espera que se condense una alegría que parece que todavía no llega, un telón que no se abre, una sensación real que se asemeje un poco a todo lo imaginado.
En alguna plaza, un hombre recién jubilado se levanta del banco, amenaza de muerte a las palomas que se le acercan; las espanta con la boina nueva apretada en el puño. 

18.4.12

Apunados

En lo alto del cerro, tan verde después de las lluvias, las casas de adobe imitan el desorden de sus vacas sueltas. La inmovilidad mansa que puede, sin embargo, cambiar en cualquier momento.
Dos viajeros avanzan por la última de las curvas que llevan al pueblo. El silencio y el paisaje se parten sin aviso cuando aparece en el horizonte un nene que, mientras grita, hace rodar por la tierra una rueda de bicicleta. Los hombres interrumpen su marcha para verlo pasar entre ellos y frenar con torpeza y felicidad al borde del precipicio. Ahora que no se cayó, reaccionan y se ríen con él. Lo ayudan a sacudirse la tierra que le cubre el cuerpo y la cara oscura. Los tres dicen sus nombres; ellos intentan explicar de qué parte del mundo vienen. Sonriendo preguntan dónde está la bicicleta. El nene los mira contento pero inseguro y levanta un poco más la rueda que sostiene, se las acerca a los ojos celestes.
Silencio. 
Despacio, los viajeros asienten. 

13.3.12

Pareja

Miran el mostrador lleno de masas imposibles y tortas de frutas con crema. La mujer es, o está ahora, media cabeza más alta que el hombre. Imaginando que él no estuviese encorvado se adivina que la diferencia era mínima hace tiempo. Que los años pasados juntos fueron caballerosamente cargados en la espalda de él para librar a su compañera de la penosa evidencia. Sonríen mientras hacen su pedido. Sonríen mientras pagan y se despiden. Hay algo de evento social en el intercambio breve con cada persona que se cruzan. Se van agarrados del brazo, como entraron y como se mantuvieron durante la compra. El hombre lleva el paquete aunque su inestabilidad no sea la ideal para hacerlo. Su mujer avanza agarrada al brazo libre, con un paso antiguo. Su pretendida fragilidad es el apoyo más firme para el hombre al que ahora sostiene.

4.3.12

Mirando pasar

Sentado en un escalón del monumento de la Plaza San Martín, con la cartera de papeles por entregar a modo de apoyabrazos, fuma sin apuro.
Mira a las mujeres que pasan. Sonríe cada vez, apenas, pensando seguramente algo como bendito el calor, los pantalones blancos y las polleras sin medias. 
A una chica con mini de jean le dice un piropo por lo bajo. Ella levanta el mentón y apura el paso. A otra con calzas floreadas se limita a seguirla con los ojos y con una sonrisa que es más que si hablara.
De pronto el sol de toda la plaza parece apuntar al vestido blanco de una mujer rubia, con piel dorada. Todos se fijan en ella menos él, que no la descubrió todavía porque mira el piso mientras aplasta el cigarrillo. Cuando por fin la ve, inesperadamente, su cara no se altera. Le dedica una mirada técnica. 
Como si sobrepasado cierto punto de belleza el deseo ya no fuese posible.

6.2.12

Mundana

Llega a la milonga cuando todavía no es, cuando es apenas club, mesas desordenadas, bombitas de colores por colgar, silencio por romper. Arrastra una silla al rincón más cercano de lo que va a ser la pista de baile y con cuidado reemplaza sus zapatos chatos por unos con taco. Al hacerlo deja ver sus piernas de bailarina, impensables en cualquier otra mujer de sesenta años. Finalmente el lugar se transforma y la gente empieza a llegar. Muchos la saludan. Ella no habla español pero se hace entender. De todos modos, lo que quiere es bailar. Y cada vez que la invitan es siempre ligereza perfecta en cada abrazo, demorada por una sensualidad densa.
A la madrugada vuelve a los zapatos chatos y a su tapado largo hasta los tobillos. Saluda con una sonrisa cansada y feliz, y camina despacio hasta la puerta.

19.1.12

Sal

Son las tres de la tarde y ya pasó cuatro veces por la orilla. Lleva una canasta casi más grande que su cuerpo; tendrá unos nueve años. Esta vuelta mira hacia los costados, asegurándose de que no la estén vigilando, apoya en la arena los buñuelitos caseros que esperan ser vendidos y entra a los saltos al mar frío. Viaja por unos minutos al mundo que inventa bajo las olas.
En seguida sale del agua. Se queda inmóvil, al sol violento, hasta que las gotas de mar helado se secan por completo, para reaparecer en forma de transpiración.
Otra sal para el mismo cuerpo, que se va secando por dentro.

9.1.12

Otros mundos

Los 36 grados y el sol violento que aplastan los Bosques de Palermo no asustan a los que corren, toman sol, ¿pescan? o atraviesan el lago en botes a pedal. Bajo la sombra de los árboles un hombre y una mujer toman mate en silencio y miran a los que pasan como a un programa de tele. Varios acampan en el auto abierto, escuchan la radio o duermen con una pierna colgando hacia afuera. A pocos metros estaciona un Taunus. Primero sale música country a todo volumen y después un tipo de jeans, camisa escocesa, botas, sombrero típico y una barba canosa que suma temperatura. Se estira, respira hondo y empieza a bailar. Una mano sosteniendo el sombrero. Otra mano en la cintura. Punta y taco de las botas a izquierda y derecha, con el torso rebotando sobre la cadera.
A su alrededor, miradas de fastidio por la música.
Al rato, asombro por el calor que soporta.
Un poco más tarde risas.
Finalmente, aplausos.
Y él sigue bailando, los ojos entrecerrados, ajeno a todas esas cosas.

20.12.11

El aguante


Es un recital de Charly. Está claro que a ella le gusta. Está claro que a él no demasiado. O sí, pero sólo la música. No el estadio enorme. Menos la gente amontonada. De ninguna manera la lluvia que empieza de pronto. Ella desarma innumerables dobleces de una tela roja y hace aparecer una camperita impermeable. Se saca el pañuelo que lleva al cuello y se lo pone a él en la cabeza para protegerlo un poco del agua y sobre todo taparle la cara de impotencia. Mientras lo cubre se ríe y propone irse, pero él resiste, con sus zapatillas lindas a punto de arruinarse para siempre. La deja treparse a la butaca y apoyar las manos en sus hombros para sostenerse mientras baila y canta. Cada tanto él acompaña con algún movimiento o alguna letra que parece traerle recuerdos, pero su entusiasmo se extingue antes de tomar forma. Apoya la espalda en las piernas inquietas y el fastidio le ensombrece la cara. Cuando ella se agacha y corre el pañuelo de su mejilla para darle un beso, inventa una sonrisa tan exagerada que casi es más noble que una de verdad. 

14.12.11

Vidrio

Es raro que todavía nadie haya atropellado al cubo de vidrio que protege a la Virgen de las estampidas de gente en la estación. Cada tanto una persona se desprende trabajosamente de esa masa apurada y sin embargo lenta para acercarse a la imagen. 
Una mujer con una bolsa grande, un poco deshilachada, apoya la punta de los dedos en el vidrio. Se la ve mover los labios, no con la cadencia monocorde de una oración religiosa sino con la intención de un diálogo. A los pocos minutos la reemplaza un hombre viejo que apoya la palma entera en el cubo y mira a la Virgen de tal manera que no le hace falta hablar.
Aunque se repita seguido, la escena se destaca siempre, como un silencio o una cámara lenta entre las corridas, los tropiezos, el paso rápido y sin pensamientos que dominan la estación.
Sobre el vidrio quedan promesas, ruegos, reclamos, fe, a veces costumbre, temor y superstición. Queda la huella de las manos abiertas, esperando recibir lo que sea que se hayan detenido a buscar.

21.11.11

Evolución de las especies

Plaza de Juramento y Vuelta de Obligado. Alrededor de la iglesia redonda, palomas. Muchas. Antes, cuando algún chico se acercaba corriendo a tocarlas lo intuían con el rabillo de esos ojos redondos y muertos y salían volando como si hubiese explotado algo entre ellas. Sólo accedían al primer plano los jubilados, compartiendo un pan ya imposible para su mandíbula.
Ahora, al menos en esta plaza, apenas necesitan hacerse a un lado cuando falta medio metro para que las pisen las personas o los autos. A veces es tarde: sobre la calle hay dos aplastadas. Una ya es un rejunte de plumas secas sobre el asfalto. La otra está repulsivamente completa y húmeda, reciente. Los chicos de la plaza la dan vuelta con una rama y sonríen con nervios y muecas de asco frente al cuerpo que se va escapando de sí mismo. Las palomas que caminan a su alrededor los miran de reojo, picotean la tierra sin ganas, como meditando si no era mejor cuando lo divertido era perseguirlas.

9.11.11

Movimiento

Aparece por la esquina de Echeverría y Conesa una chica alta, de pelo muy corto, vestido violeta suelto con pantalones anchos debajo. Camina atenta a los auriculares gigantes que lleva puestos. De esos que aíslan del ruido y sobre todo del mundo exterior.
De repente frena para probar unos pasos de zapateo americano. Pero no es sólo un ensayo. Hay una alegría en el movimiento y en su cara que tiene más de expresión de felicidad que de baile. El encargado de un edificio y una mujer con bolsas de supermercado la miran bailar y después intercambian sonrisas. Parece que está contenta, dice él. ¡Que pase la receta!, responde la mujer y apura el paso decidiendo que esta noche se pone algo especial aunque cene en su casa. Y el encargado se promete que mañana mismo saca un pasaje para hacer una escapada en su próximo franco.
Y los dos saben que no van a hacerlo.

25.10.11

Extraños superhéroes

En una de las bolsas que investiga su papá, suponiendo que sea su papá, gira algo que brilla hasta donde está él. Como si fuese un tobogán, se deja caer desde la cima de la pila de cartones acumulados sobre el carro hasta la calle. Se asoma entre las piernas abiertas del hombre y en sus manos sucias resalta el brillo de los dos trofeos que rescata de la basura.
Los mira sonriendo pero sin entender bien qué son, parece. Porque es chico o porque nunca vio un trofeo. Y empuña los pedestales para hacer luchar a esos extraños superhéroes de oro con pelotas de fútbol adheridas al pie. Quizás ese sea su superpoder.
El resto de los cartoneros interrumpe su búsqueda para mirarlo correr hasta la esquina con los brazos como alas, haciendo volar a los seres dorados que ahora son suyos.
Las sonrisas de todos al volver a buscar en sus bolsas hace pensar por un confuso segundo en una familia al pie de su árbol de Navidad, justo a las doce.

13.10.11

Los dos chinos

Al atravesar el arco gigante, con tejas curvas por las que reptan dragones de piedra, empiezan dos mundos. El primero que se ve es el de los que visitan el barrio chino: el cambalache de gente imita el diminuto caos de objetos que desborda cada negocio. Familias enormes se prueban sombreros típicos y se ríen entre abanicos, nunchakus y teteras. Tres chicos transforman la cara al morder helados de pescado y carnes indescifrables ensartadas en palitos. Una mujer espera para pagar los ingredientes y brotes que eligió con precisión experta. Algunos se pierden en templos o espacios misteriosos.
El otro mundo que se va recortando es, precisamente, el de los chinos. Un poco caminando entre los visitantes pero sobre todo agrupados en videoclubes con títulos en ideogramas, locales de productos chinos sin marca y asociaciones que los refugian en la tradición más real. Parecen sentir una mezcla de orgullo y fastidio frente a ese interés en sus costumbres que sin embargo tiene algo de invasión y de espectáculo.
Conciliando ambos mundos o rompiendo definitivamente su mística, dos amigos chinos miran todo en silencio echados hacia atrás en sus sillas, frente a los restos de un asado, en la parrilla que resiste desde hace años al pie del arco multicolor.

3.10.11

El hombre mediocre

Un hombre que bien podría ser el viejo portero de un colegio se planta en medio del vagón. Carga un bolso inmensamente pesado. Antes de abrirlo da un breve discurso sobre la importancia de leer, de regalar libros, de contar cuentos a los niños, etcétera. Luego empieza a enumerar títulos, libros en mano, sumando su definición personal de cada uno. Martín Fierro: la historia del gaucho argentino que todos debemos conocer. Cuentos de amor de locura y de muerte: los inquietantes relatos del uruguayo Horacio Quiroga. El Aleph, una de las obras más reconocidas de Borges, en la que descubre universos de forma magistral. Y así con unos diez títulos más. Deja para lo último El hombre mediocre. Escrito en 1913 por José Ingenieros, aclara, trata de la corrupción humana, la soberbia, la envidia, la pérdida de ideales. Cualquier parecido que usté encuentre con la realidad actual, es pura ca-sua-li-dad.
Recorre el vagón una vez más, blandiendo el último libro presentado. El hombre... mediocre, el hom-bre me-dio-cre, insiste, más bajo. Ante la rotunda indiferencia de los pasajeros, arrastra su bolso hacia el vagón siguiente. Y mientras avanza gruñe: mediocre, mediocre, mediocre.

23.9.11

Haya paz. Y tofu.

Las campañas chinas sonorizan la entrada pretenciosamente lenta de la mujer. Una especie de Morticia que flota entre su ropa india de colores brillantes.
Agarra una de las bandejas de la casa de comida naturista y equilibra sus porciones con un espíritu más artístico que nutritivo. Mientras se sirve porotos aduki, una anciana que debe haber sido profesora de yoga, blanca desde la ropa hasta el pelo y la piel, se le cruza para atrapar la última croqueta de mijo.
Si me pedías permiso pasabas igual. ¿Perdón? Que no hace falta empujar como una desesperada. Pero mirá vos que histérica; histérica total: loca. Sí, claro, por supuesto. Loca. Histérica. Total. Pero por favor.
Morticia se aleja hacia la caja y minutos después sale, irradiando calma y colores. La anciana se esconde de la encargada del local para meter un dedo en la salsa de soja y jengibre. La prueba con los ojos cerrados, y sonríe.

14.9.11

Noticia

Con los vasos vacíos hace rato, en silencio, el matrimonio y su hija siguen sentados a la mesa del café. La nena, de unos seis años, dibuja sin ganas en una servilleta. El hombre mantiene la vista en un punto indescifrable y su mujer lo busca con los ojos. Cuando por fin logra que se fije en ella, lo mira profundamente, como si lo tocara o le hablara para consolarlo de algo. Pero en vez de poder rescatarlo, se hunde ella también en esa zona de tristeza. La nena deja el lápiz en la mesa, agarra el mentón de su mamá con el hueco mínimo de su mano y la obliga a girar hacia ella para preguntarle algo sobre las tortas expuestas en el mostrador. Después de contestar distraída, la mujer trata de volver a concentrarse en su marido, pero la chica hace varias veces lo mismo con preguntas cada vez más ridículas que terminan por hacerlos reír a los tres. Finalmente los padres se miran sonriendo y hablan de una cortina que hay que arreglar, de un cumpleaños del fin de semana, de cosas así. 
La nena vuelve a su dibujo a medio hacer, sobre la mesa del café.

1.9.11

Silencio

Es una sala de teatro chica, para unas cien personas. Rebalsa de gente que habla, acomoda abrigos, desenvuelve caramelos, se concentra en teléfonos celulares. Cuando las luces se apagan el silencio va subiendo por las gradas que sirven de asiento, hasta cubrirlo todo. Retumban los pasos de alguien que se ubica en el centro de la escenografía magra, invisible ahora.
Silencio de nuevo.
Pasan los segundos a oscuras y la tensión se hace densa.
Por fin una bombita dibuja, lentamente, el halo de luz anaranjada y difusa que enmarcará el unipersonal de una mujer sola desde siempre, para siempre. Un relato monocorde, puritano, por el que se filtran un deseo y una tristeza exasperantes.
Durante toda la obra, risas injustificadas de buena parte del público se empeñan en descomprimir esa intimidad extrema, que tal vez inquieta demasiado la propia.

24.8.11

Vecinos

Es el día del amigo. Hay dos o tres personas esperando para comprar algo en el kiosco. Pero el chico de pelo lacio y brillante se toma su tiempo para elegir lo que va a llevar. Mira de reojo a los de atrás, girando a medias la cabeza, y se limpia el borde húmedo de la boca con la palma de la mano. Podría tener diez años, o tal vez quince.
Finalmente elige un chocolate con almendras. Paga, recibe el vuelto y lo guarda con cuidado en una bolsita de tela que le cuelga desde el cuello. Vuelve a darle el chocolate al kiosquero, que lo mira confundido, paciente.
-Feliz día, amigo. Vos sos mi amigo. Feliz día.
Y sin esperar la respuesta entra rápido al edificio de al lado.

15.8.11

El paisaje, ventanas adentro

Este vagón parece una tanda de comerciales, dice el vendedor de Guía T cuando toma la posta después del que vende linternas. A él le siguen cuatro músicos. Durante dos temas, con quenas, bombo, guitarra y sobre todo con sus voces, convierten a ese tren en el de las nubes. Un ciego espera que terminen de tocar para pedir monedas por los asientos, sin más producto ni talento que sus ojos de nácar y el bastón blanco, con el que hurga el pasillo como si fuera su perro lazarillo. Mientras escucha, se pone a seguir el ritmo de la música con su lata, despacio primero y después con más fuerza, hasta casi ser parte de la banda. Los pasajeros y los músicos le sonríen aunque él no pueda verlos.
Cuando llega por su fin su turno, la inesperada cantidad de monedas que recibe lo hace sonreír a él, mientras empieza a llegar la misma canción, amortiguada, desde el vagón siguiente.

6.8.11

Felicidad al paso

Se baja del auto con dificultad. Mientras lo rodea, tantea su pelo blanco y lo acomoda aplastándolo con golpes suaves. Ya en la vereda le abre la puerta a su mujer y se agacha para ayudarla a emerger del asiento blando en el que ella apenas se distingue.
Un chico que pasa los ve forcejear y se acerca para tocarle la espalda al hombre y ofrecer ayuda. Él lo mira con un principio de indignación, pero antes de que pueda reaccionar la mujer acepta y se desprende de su marido para estirar los brazos hacia el chico. Se abrazan despacio, él la levanta y con felicidad la mujer pisa la vereda y dice que por fin un día no se moja los zapatos con el agua que corre junto al cordón. El chico se aleja con un saludo al aire. El hombre cierra la puerta del auto, toma del brazo a su mujer y empieza a caminar serio, como si no le viera a ella la sonrisa.

29.7.11

Sobre un puente

Desde lo más alto del puente se ve a los autos ir y venir a toda velocidad.
En realidad lo que se ve son sus luces: es de noche y la iluminación de la calle es mínima.
Los sonidos llegan amortiguados y se van enseguida. Tejen un zumbido desparejo, según la dirección y distancia de cada auto.
La altura, la oscuridad, el efecto de silencio a pesar del ruido se condensan en ese punto máximo antes de empezar a bajar hacia el otro lado. Se hace tentador dejar de caminar y ponerse de cara a la calle. Mirar hacia abajo un rato largo. Mirar después hacia el cielo y escuchar la propia respiración. Pensar sin palabras pero con la sensación de movimientos profundos. A lo mejor algo así le pasó a la persona que con aerosol escribió sobre el cemento del puente estas dos palabras: Me cansé. Y después quién sabe.

20.7.11

Puente levadizo en las callecitas de San Telmo

En el edificio arenoso y gris, las ropas de colores se reparten como banderines que alegran los balcones y disimulan sus grietas. Hay en el segundo piso una mujer acodada en la baranda, que mira sin ver hacia los adoquines de la calle. Otra mujer asoma medio cuerpo en el balcón de al lado y al descubrir a su vecina termina de salir. Se sonríen ampliamente y se van para adentro, cada una a su casa. Pasan pocos segundos hasta que reaparecen, la de la derecha con una pava y un mate, la de la izquierda con un tablón de madera. Con cuidado lo pone sobre la baranda lateral de ambos balcones y crea una mesa, un puente, un lugar en el que las dos apoyan los codos y el mate que van a compartir.  

11.7.11

Un café doble, dos cortados y dos lágrimas

Ela mesa del fondo de un café, las risas de cinco mujeres suben, bajan y estallan de acuerdo a las partes de la historia que cuenta una de ellas. Las situaciones y diálogos insólitos que desembocaron en su divorcio parecen un guión de stand up escrito a su medida. Los de las mesas cercanas la escuchan, sin disimular demasiado. Parecen recibir los ecos un chiste y no de un drama.
Las mujeres terminan el café, con las mejillas rojas y todavía sonriendo, y se levantan para irse. La que hablaba se queda seria, más bien ausente. Mientras despega su abrigo del respaldo de la silla remata, como desde otra historia:
-La verdad, yo no sé qué más esperaba de mí. Qué más tenía que hacer…
Lo dice casi para sí misma, dos gotones le inundan los ojos.

5.7.11

En la Plaza San Martín

Está parado con las piernas separadas. El eje de su firmeza se alinea con el sable incrustado en una grieta del piso, en medio de sus pies. Las manos parecen descansar en la empuñadura, pero la tensión de los brazos lo carga de espera. Su dignidad desafía desde los ojos graves y la mandíbula que apunta al horizonte.
Cuando la explosión de tacos y risas lo sorprende, un redoble de rigidez pone en alerta todos sus músculos. Al cerrar un poco sus puños hace refulgir el sable y captura el reflejo de las dos mujeres, que pasan tan cerca que parecen no haberlo visto. Sin alterar la expresión baja la mirada y hace girar su arma casi imperceptiblemente, acompañando la imagen que se corta al llegar al filo.
Solo de nuevo, levanta la vista. Desde muy cerca debe verse en su cara la intención de una sonrisa.

30.6.11

Los límites del club de tenis

Hoy, las cuatro casillas de chapa que se veían desde el tren desaparecieron. 
Las vías las franqueaban por delante y por detrás. A uno de los costados, la tierra sembrada de botellas rotas, sillas de tres patas, perros echados y partes de cosas ya irreconocibles se angostaba hasta formar la pendiente hacia la calle. Al otro lado, el límite era el paredón de la última de seis canchas de tenis. A veces se veían pelotitas fosforesciendo sobre los techos oxidados, y al día siguiente ya eran bolas grises rodando entre los pies de los chicos de las casillas. 
Hoy el terreno está vacío. Salvo por dos montañas de polvo de ladrillo prolijamente acomodadas en un costado.

25.6.11

Frente al Obelisco

Acomoda el pelo bordó sobre su cara pálida. Por el maquillaje, los ojos y la boca parecen moretones hundidos, de un pastoso negro violáceo. En todas las redondeces de su cuerpo hay ese resto de aspecto infantil, mezclado con una promesa de mujer maciza.La correa del cuello anticipa lo que viene debajo: remera negra con mangas de red, mini negra, medias negras por encima de las rodillas. Como un puente para evitar que se corte la oscuridad, un portaligas negro atraviesa los muslos que hacen pensar en carne de pollo cruda. De fondo, el Obelisco y una orquesta sinfónica. Ella escucha el concierto con los ojos cerrados, y se mueve de un pie a otro siguiendo cada pieza. Su novio, remera de Sepultura y pantalón de cuero, tiene media cabeza menos de altura y la mitad de espalda. Debe ser la persona más parecida a un fósforo quemado. Lucha por sostener a su princesa oscura, tratando de que no se note mucho que la acompaña en el movimiento, sobre todo cuando llega el Danubio Azul.

18.6.11

Cabildo y Juramento

Un grupo de gente está apilada bajo el techo de un kiosco que ocupa la esquina entera. Esperan a que se calme la tormenta que explotó de pronto. Están todos de cara a la calle, menos una chica gorda, más bien obesa, de unos 15 años. Es la única que gira y se queda de frente a los chocolates, los alfajores, los bombones, los caramelos. Los mira con fiereza. Hasta que los ojos fijos se le empiezan a llenar de lágrimas y se pone a llorar con los brazos y los hombros inertes, sin sacar la vista de las golosinas. Por el ruido de la lluvia nadie se da cuenta, salvo el kiosquero que, después de dudar un rato, se pone a ver caer la lluvia.